Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Los inocentes del silencio

"Los borrachos, los locos y los niños siempre dicen la verdad”. Pero nadie les cree.

De forma intuitiva, podríamos afirmar que a los primeros nadie les cree porque al día siguiente lo olvidan todo; a los segundos, porque socialmente son considerados como enfermos “de categoría inferior”, sin derecho a la voz; y a los terceros, por la imaginación desbordada que corresponde a su estado de madurez mental y que podría distorsionar la realidad.

Aunque la exposición del caso de Yuliana Samboní ha incentivado nuevas denuncias –visibilizar un problema aumenta la consciencia sobre el mismo–, un asunto permanece engavetado: ¿qué habría sucedido si el agresor confeso, Rafael Uribe Noguera, hubiera dejado a la niña viva, sin rastros del delito? ¿Hubieran creído la versión de la niña de siete años y condición humilde, en contraste con la de un hombre de 38, con formación universitaria?

Los testimonios que giran en torno al abuso sexual de un menor de edad siempre implican asimetría. El diagnóstico tanto físico como psicológico de los peritazgos obedece –entre otros factores– a que a pesar de la prelación de sus derechos sobre los del adulto, el menor siempre tiene las de perder.

Los niños agredidos hablan intimidados por la vergüenza y la culpabilidad, el miedo al rechazo, subyugados por la dependencia física o afectiva de su agresor. Con inusitada frecuencia, los abusos son conductas tan naturalizadas que el niño es incapaz de identificarlos como tales.

Luis Alberto Kvitko, médico legista y psiquiatra de la Universidad de Buenos Aires, escribió que los peritazgos pueden llegar a conclusiones erradas “[…] por aceptar lisa y llanamente ‘que los niños nunca mienten’; o por contaminar a los examinados por desconocimiento de la manera en que deben proceder durante el examen […]”.

Los niños pueden mentir, claro. Sin embargo, cuando lo hacen, sus referentes corresponden a su realidad cercana. En junio pasado, el Tribunal Supremo en Madrid (España), resaltó en una sentencia: “Existe consenso científico sobre que el porcentaje de casos inciertos de abuso infantil es muy pequeño”.

A través del oficio periodístico es posible observar cómo los adultos (familiares, vecinos, autoridades) tienden a ignorar o minimizar las denuncias de los menores. En ocasiones, los acompañantes de las víctimas desisten agobiados por los papeleos y las dilaciones por parte de las instituciones del Estado, mientras los niños son tildados de “mentirosos”, “oportunistas”, “manipuladores”.

Los pederastas, como los más avezados torturadores, saben que el secreto de la impunidad está en no dejar marcas en el cuerpo. El tiempo siempre juega a su favor. Los niños sin vestigios quedan a la merced de su propia memoria, la consistencia en su relato, el detalle de la narración.

Tan absurdo como suena: en Colombia, los niños agredidos tienen que demostrar que no son culpables. ¿La consecuencia? Chicos que regresan a la querencia de su agresor. Reincidencias. El silencio, su único lugar posible.

Les negamos a los niños hasta el mínimo intangible con el cual todos llegamos al mundo: la presunción de inocencia.

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