Por: Fernando Araújo Vélez

Los muertos de mi felicidad

Porque la alegría no es una obligación sino una decisión, y la felicidad no es una sola sino miles, millones, y con cada segundo que pasa puede ser distinta, y la mayor felicidad puede durar menos de un segundo.

Porque algunas veces es calmada, y otras, fuerte, y en ocasiones es alegre, y en otras, serena, silenciosa, o incluso, vengativa. Porque hay felicidades en ciertas venganzas, y venganzas que duelen y venganzas que hieren y venganzas que alivian, y el dolor y el alivio y las heridas también pueden ser formas de felicidad. Porque la felicidad trasciende su significado en el diccionario, y entre sus nueve letras bailotean restos de alegría o de euforia, de gritos, de sorpresa o de contemplación, o incluso, de rabia, y porque hay rabias felices.

Porque se puede ser feliz con una pelota de goma o una flor salvaje, pero hay quienes nos hacen creer que sólo se es feliz con una camioneta último modelo o un traje de Armani. Porque el engaño puede ser felicidad, y engañarse, una falsa felicidad. Porque siempre habría que recordar la frase de un filósofo atormentado, “yo ya no aspiro a mi felicidad, aspiro a mi obra”, y porque una obra es un sello, un legado, una confesión, una explicación y salvarse. Porque una obra inconclusa puede ser una completa felicidad diaria, esa motivación que necesitamos para levantarnos, y levantarnos termina siendo un eterno deambular si no tenemos un motivo. Porque ser felices puede ser consecuencia de la ignorancia, y porque esa felicidad del ignorante es la que por cientos y miles de años han promovido los dueños del mundo. Antes, con pan y circo. Hoy, con fútbol, reinas y patria.

Porque es imposible determinar la línea que separa a los felices de los locos y de los cuerdos, y ese imposible hace que esos mismos dueños del mundo tracen sus líneas para enviar a los inconvenientes al psiquiátrico, amparados en estudios de improbables resultados. Porque la locura puede llevar a la felicidad, y la felicidad, a la locura. Porque también es imposible trazar las líneas que separan el bien y el mal, la amargura y la felicidad, aunque aquellos de siempre quieran beneficiarse trazándonos sus propias e interesadas líneas y nos ubiquen en el primer lugar de los países más felices del mundo, para que compremos y no dejemos de comprar y así seamos más felices. Porque el bien necesita del mal y la felicidad de la amargura para existir, pues uno es la medida del otro.

Porque la felicidad no es un regalo que llega caído del cielo, sino una eterna búsqueda, y en esa búsqueda hay pedazos de felicidad. Porque sin barreras y fango y tormentas sólo habría monotonía, y porque hay que contar los muertos que dejan las tormentas para seguir el camino. Porque el camino se hace con nuestros pasos, “se hace camino al andar”, como decía el poeta, y el poeta es una interminable sucesión de pasos y de caminos. Porque nuestra única carta es luchar y ese es nuestro único triunfo, y porque nuestro triunfo es la suma de pequeños triunfos.

Por todo eso y mucho más, hoy me fui a dormir cantando una vieja canción de un elegido que casi no termino de comprender: “soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”.

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