Por: Yolanda Ruiz

Los muertos que no fueron

¿Cuánto vale la vida de dos mil 212 personas? Esas son, según la ONG Cerac, las vidas que se han salvado en los casi cuatro años de negociación.

El cálculo se hace tomando como referencia el promedio histórico de nuestro conflicto y proyectando lo que hubiera pasado de haber seguido su curso y tendencia. ¿Cuánto hubiéramos pagado por la vida de los más de 200 mil colombianos que han muerto en esta guerra?

Después de leer despacio y con dificultad —por lo complicado y extenso del documento— el acuerdo final resultado de cuatro años de negociaciones con las Farc, creo que allí hay razones suficientes para que partidarios del Sí y del No sigan metidos en su debate de sordos. Mientras avanza la campaña me parece importante lo que no se dice en esas páginas y por eso ahí me quiero detener.

El acuerdo no dice nada de las vidas salvadas mientras hablaban del punto, el subpunto o el inciso; tampoco nos dice nada de los heridos que no tuvimos, de los secuestros que no se dieron o los atentados que no vivimos por cuenta de un conflicto que fue decreciendo a medida que avanzaban las palabras en una mesa de negociación.

¿Cuánto vale la vida de nuestros soldados y policías? Según cifras del Ministerio de Defensa el número de muertos y heridos ha venido descendiendo de manera considerable en los últimos años mientras avanzaban las conversaciones. Muchos uniformados que no fueron noticia porque vivieron.

El acuerdo no habla de los muertos que no fueron. Tampoco dice cuántas vidas se salvarán si se silencian los fusiles y las bombas. Hoy, cuando nos conmueve la muerte de un soldado o el terrible secuestro de un civil, nos cuesta trabajo recordar que tuvimos épocas de muertes por docenas en un solo día o secuestros masivos que sembraron dolor en ciudades y campos. Épocas en las que incluso muchas veces no era “noticia” un muerto o dos ni una toma guerrillera porque ocurrían todos los días; épocas en las que nos anestesiamos frente al dolor que generaron los campos de concentración en la selva, los tatucos estallando, los sepelios masivos o los falsos positivos.

Hoy seguimos padeciendo la violencia y hay familias que no salen de la pesadilla por sus muertos y desaparecidos pero son miles las vidas que se han salvado, centenares las personas que no han resultado mutiladas por los campos que se han desactivado en el desminado humanitario.

Por eso me pregunto ¿qué estamos dispuestos a pagar por esas vidas que ya se salvaron y por las que se pueden salvar si de verdad se desarman las Farc?

El acuerdo tiene apartes que serían respaldados sin mayor discusión si se llegaran a conocer bien sin las verdades a medias de la campaña. Hay otros que son grandes sapos que cuesta tragarse porque ante la violencia queremos justicia y no pocas veces venganza. Hay también en ese texto declaraciones de principios y buenas intenciones que no era necesario negociar porque recogen lo que ya dice nuestra Constitución; también otros que la cambian para abrir la puerta a alternativas que son motivo de debate.

El acuerdo es complicado y es imposible el consenso. En esas páginas hay munición para alimentar la más cruel de las batallas en el mes que nos queda hasta llegar a las urnas. Por eso invito a que en el fondo y sin prejuicios se pregunte cada quien ¿cuánto quiero yo pagar por la vida de esas dos mil 212 personas y por las vidas que se salvarán si logramos parar este pedazo de la guerra que cargamos desde hace más de medio siglo?

¿Cuántas curules, cuánta plata, cuántas emisoras, cuánta dosis de justicia puedo ceder para salvar la vida de un civil, de un menor reclutado para la guerra, de un soldado, de un policía, de cientos, de miles? El acuerdo tiene defectos pero la guerra es peor.

 

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