Por: Cristo García Tapia

A los otros, ¡gracias!, también

Los otros, los negociadores de las FARC-EP, que contra prestaron con el Acuerdo Final de Paz, también merecen nuestro agradecimiento y reconocimiento por el imperativo humanista de haberse atrevido a dar el paso histórico, épico, de echar a andar la paz de Colombia.

De convenir en una Mesa de Diálogo, y no en el teatro de guerra, el fin de una guerra con el ejército más antiguo, competente, numeroso y mejor dotado de América para la lucha antiguerrillera; probado a lo largo de más medio siglo en las estrategias y tácticas de la guerra irregular de guerrillas que le oponía su, hasta el radiante día  D, enemigo emblemático.

Hay que tener las más sólidas convicciones humanistas, ideológicas, políticas, el temple de un ideario puesto al servicio de un imaginario reivindicatorio de lo colectivo confiscado por las desigualdades generadas por la exclusión social que tuvieron esos otros en este momento histórico, para avanzar por una dirección que contrariaba su profesión de fe fundacional.

Grandeza, confianza y magnanimidad, con una institucionalidad siempre puesta en entredicho y combatida.

Que fue cuanto demostraron los otros sin regateos ni artimañas que dieren en producir falsos resultados y frustraciones en una nación que, a costa de la guerra hizo de tales su decálogo a lo largo de más de medio siglo; que “construyó” Estado, gobiernos, políticas públicas, cultura, según conviniera a sus fines, que no iban más allá del superior de la guerra que produce utilidades, pero que pasó por alto construir sociedad, una nueva institucionalidad, un nuevo orden, en el que la inclusión social, política, económica, fueran su fortaleza y horizonte.

Entre esos, a un poeta, un médico, un agrónomo, un maestro de escuela, una mujer, hay que expresarles sin mezquindades el agradecimiento del pueblo colombiano por ser parte definitoria de la paz de Colombia, igual que al Equipo de Paz que comandó por el Gobierno este paso bolivariano contemporáneo de los Andes que constituyó el Acuerdo de La Habana.

Y garantizarles que cuanto se discutió, debatió, negoció, acordó y firmó en La Habana, se va a cumplir; que cesaron para siempre las emboscadas y trampas que sembraron de muerte los huertos de paz de otros acuerdos.

Que se abren sin cerrojos ocultos a la democracia participativa, incluyente, las puertas del Congreso, Asambleas, Concejos, plazas, salones, recintos, esquinas, veredas, ciudades, barrios y comunas; de la academia, universidades, sindicatos, gremios, iglesias, partidos.

A la inclusión política, a las pluralidades ideológicas y políticas; a las nuevas fuerzas que, armadas solo de su ideario político y doctrinario, emergerán de las canteras de la paz, libres de la conminación al silencio que por décadas impuso el terror de los señores de la guerra.

Agradecerles por la paz de Colombia a quienes la hicieron posible al aceptar pactarla dentro del marco de la institucionalidad burguesa contra la cual se levantaron y combatieron sin doblegarse por más de medio siglo, es apenas el signo visible, material y promisorio de la reconciliación entre colombianos de todas las clases, ideologías y orígenes étnicos que, por igual padecimos la deshonra de la guerra.

Y si de la guerra son las atrocidades y la mentira y las consuman por igual quienes viven en guerra permanente, ejércitos, guerrillas y facciones que contienden a sangre, fuego y cuchillo: tirios y troyanos, romanos y cartagineses, norteamericanos y vietnamitas, ejércitos islámicos y aliados occidentales, también a la guerra es inherente y con el mismo ardor el perdón, la reconciliación y la paz.

Y si cuanto hicieron por más de medio siglo en Colombia Estado y guerrillas, FFAA y FARC-EP, fue la guerra, también y por igual les corresponde el perdón, la reconciliación, la convivencia en paz, la verdad, la justicia especial y la no repetición de las atrocidades ya padecidas.

@CristoGarciaTap

 

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