Por: Armando Montenegro

Los paros de los camioneros

Por lo menos una vez al año se repite la tragicomedia del paro camionero. Las imágenes son más o menos las mismas: los bloqueos, las negociaciones, los anuncios de inflexibilidad de los funcionarios y, al final, sus inevitables capitulaciones. Se consolidan, de esta forma, los altos costos del transporte como otro obstáculo para la competitividad del país.

La discusión pública sobre el tema está montada en una serie de mentiras o falsas verdades. Ya que se dice, por ejemplo, que el paro causa un aumento en los precios, se concluye en algunos medios que si el Gobierno cede se evita el alza de la inflación. La verdad es que los mayores fletes —el objetivo de los camioneros— afectan los costos de las empresas e inciden en el precio final de una cantidad de bienes de la canasta familiar.

Otro argumento que se repite sin ningún examen es que existe una gran sobreoferta de camiones. De ahí la propuesta de los transportadores de reducir la competencia para elevar los fletes. Sólo un sector con el poder de chantaje que le otorgan sus bloqueos se atreve impunemente a exigir que el Gobierno limite el número de competidores. Si esto sucediera en cualquier otra área de la economía, la Superintendencia de Industria y Comercio abriría pliego de cargos contra los que atentan contra los intereses de los consumidores.

Los últimos gobiernos han aceptado la absurda figura del llamado “Uno a uno”, es decir, que sólo permite que entre a operar un camión nuevo sólo cuando sale, en forma de chatarra, uno viejo (con un aporte de recursos públicos para destruir el viejo). Aparte de generar sonados casos de corrupción y mayor ineficiencia en el sistema, no se conocen otros frutos de esta política.

Con el plan de construcción de autopistas 4G, el Gobierno está haciendo un gran esfuerzo para reducir los costos y tiempos de transporte, un viejo objetivo de la economía colombiana. Cuando capitula, el Ministerio del Transporte borra con el codo camionero lo que la ANI hace con la mano. Lo que logran con sus bloqueos los transportadores va en contravía de la prioridad de aumentar la competitividad, un prerrequisito para que el país pueda exportar bienes distintos al petróleo y la minería.

Debido a sus éxitos pasados, los camioneros han extremado su osadía, manifiesta en sus pretensiones de fijar en las mesas de negociación los peajes y los precios de los combustibles.

Las decisiones del Gobierno no deben limitarse a reaccionar a las presiones. Se debe establecer una política que tenga en cuenta las necesidades de largo plazo de la economía. No sólo hay que desmontar las tablas de fletes, sino también los llamados costos de referencia (cuyo objetivo final es parecido al de las tablas). Se deben eliminar las absurdas restricciones a la entrada de nuevos camiones, más modernos y eficientes. Y, al mismo tiempo, retirar, en forma ordenada, los miles de camiones depreciados, demasiado viejos, con menor capacidad, altísimos costos, excesivamente contaminantes, que circulan por el país (cerca del 30% de todos los vehículos de carga). Como en otros países que manejan bien estos temas, se debe reglamentar, con criterios técnicos, la máxima vida útil de los camiones y establecer un fondo de reposición moderno que apoye la modernización de la flota de vehículos de carga. Casi todo está por hacer en estas materias.

642383

2016-07-08T22:39:14-05:00

column

2016-07-09T23:18:18-05:00

none

Los paros de los camioneros

27

3432

3459

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro

Hoy como ayer

¿Contra el crecimiento económico?

Estado ausente

Sumisión

Más sobre Uber