Por: Augusto Trujillo Muñoz

Los populismos y el "destino manifiesto"

A propósito de las elecciones norteamericanas los expertos recordaron los peligros del populismo en una sociedad democrática.

El siglo xxi –que, a mi juicio, comenzó con el colapso del socialismo real- trajo consigo un mensaje populista. Sus voceros querían evitar la consolidación del capitalismo global y recuperar el supuesto equilibrio existente durante la guerra fría. Por lo mismo el populismo supuso una postura política contra el establecimiento, es decir, contra el orden social impuesto por los dirigentes –tradicionales o no- que mantuvieron el poder.

Hoy “populismo” es un término de combate con sentido peyorativo, porque mezcla las ideas sin ninguna claridad analítica. Pero también porque se volvió el gran enemigo de la democracia liberal. Personajes como Hugo Chávez y los Kirchner o Rafael Correa, en América del sur, suelen mencionarse como expresión de un populismo que amenaza la democracia política o el sistema de mercado libre y abierto, o ambas cosas. Así mismo, se menciona a Le Pen en Francia, a Hofer en Austria, a Syriza en Grecia.

Eso quiere decir que hay populismo de todos los signos. Como lo apuntó el editorial de este diario el miércoles anterior, con Donald Trump triunfó, en los Estados Unidos, un populismo puro y duro. A lo mejor pueda ser revisado en algo pero, mientras tanto, la pregunta es: ¿ahora que´? En medio de la preocupación de los demócratas del mundo, los populismos europeos celebraron la victoria de Trump como si proclamaran su propio “destino manifiesto”.

Por supuesto: son preferibles las amenazas del populismo contra la democracia que las acciones del terrorismo contra la sociedad. Las consecuencias de aquellas son corregibles, mientras que las de éstas son irreparables. Europa conoce bien esa tragedia. Sin embargo ambas cosas resquebrajan las instituciones. Las dos se incubaron en carencias de la democracia y son hijas de la irresponsabilidad dirigente. La democracia liberal se volvió elitista, caprichosa, excluyente. Abandonó su concepción social del estado, de la economía, del derecho. Generó una creciente desigualdad global y transigió de plano con la corrupción.

La democracia contemporánea tiene que ser participante y deliberativa. De lo contrario se vuelve un monólogo de elites que no le dice nada al ciudadano común. Sobre todo a los amplios sectores que ya no creen que su futuro pueda ser mejor que su presente. Por eso se explican los resultados del brexit inglés, del plebiscito colombiano, de las elecciones gringas. La gente quiere barajar de nuevo. Se da cuenta de que sus democracias se parecen más a un despotismo ilustrado que a un ejercicio republicano.

Preocupa el horizonte colombiano porque se nota salpicado de populismo. La cúpula del poder público no tiene puentes de doble vía con el resto del país. En Colombia abundan los discursos políticamente correctos pronunciados en espacios socialmente vacíos. En semejante situación es insostenible cualquier política pública y se facilitan los llamados populistas. Pero eso no se corrige sino con compromiso dirigente y participación ciudadana, más allá del formalismo liberal. Es decir, con democracia real basada en el diálogo social, la transparencia política y la fuerza moral.

*Ex senador, profesor universitario. @inefable

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