Por: Julián López de Mesa Samudio

Los restaurantes y los esnobs

¿Qué fue primero, el esnob o el restaurante para esnobs?

Esta vieja y trascendental polémica volvió a ser avivada este fin de semana por Daniel Samper Ospina a través de una serie de tuits indignados, en los que se quejaba por los altos precios cobrados por un restaurante —el cual había visitado hacía poco—, y llamaba a una cruzada para acabar con los restaurantes esnobs. Según él, no tiene presentación que un restaurante le haya cobrado a él, un simple mortal, un paisano más, alguien del común, $800.000 por una cena para cuatro personas. Inaudito.

Lo que no parece entender Daniel Samper Ospina es que el restaurante que él denuncia como esnob existe por y para gente como él. Fue su opción llevar a sus invitados allí y fue su opción cenar allí a pesar de saber los precios con antelación. Es típico de los esnobs —de los cuales él y Sánchez Cristo son los máximos gurúes— quejarse siempre o indignarse por lo que perciben como una falla ajena cuando en realidad es propia; culpar a otros por las malas decisiones que uno mismo toma.

Además de haber hecho una carrera burlándose públicamente de sus amigos y familiares, hay que decir que Samper Ospina es un tipo indudablemente chistoso. Su familia lo es y lo ha sido siempre (¡cuánto humor no derrocha aún su tío, el expresidente Samper, cada vez que habla!). Su mordacidad le ha otorgado un lugar de privilegio dentro de la farándula periodística de Colombia y con los años sus opiniones son tenidas como palabra sagrada para un segmento pequeño, pero poderoso de la población urbana de nuestro país.

Por lo anterior, aunque tiene razón Samper Ospina en decir que ciertos lugares cobran en demasía, no es él la persona más autorizada para quejarse: su denuncia suena a berrinche. Además la opción es simple: un restaurante vive de sus clientes. Si nadie va al restaurante, éste forzosamente ha de bajar sus precios o cerrar. La opción es no frecuentar los restaurantes caros y más bien probar otras opciones novedosas y deliciosas que ya ofrece Bogotá, en muchos rangos de precios. Sin embargo, para Samper Ospina y otros esnobs, las únicas opciones son las dos o tres de siempre y en las que se sienten cómodos y seguros. Por esta razón terminó en aquel restaurante cuyo nicho de mercado, como el de tantos otros restaurantes en Bogotá, es aquel creciente grupo poblacional que busca la aceptación y el reconocimiento social frecuentando sitios de moda. Es él y personas como él las que fomentan la creación y existencia de lugares en exceso costosos.

Para Samper Ospina la opción no es ir a otro sitio. Lo que pide Samper Ospina no es nada distinto que obtener lo mismo por menos: un lugar exclusivo y excluyente, con una buena atmósfera, gente divinamente —cuyos cotilleos cotidianos le sirvan luego para escribir sus columnas— y que no le cobren tan caro… precisamente el modus operandi del esnob.

La limitación de miras frente a otras opciones, el juicio posterior en forma de indignación que suena a pataleta de niño consentido, el no aceptar responsabilidad por las propias decisiones, son signos inequívocos de la fantochería esnob. Por tanto, señor Samper Ospina, primero existió usted, el esnob, y luego el restaurante hecho a su medida. No se queje de su propia estupidez.

@Los_Atalayas

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