Por: Arturo Charria

Los retos de la paz en la escuela

El sistema educativo tiene dos grandes retos cuando se habla de paz: comprender que los conflictos son naturales a la condición humana y buscar nuevas estrategias para hablar de la guerra sin hacer un discurso que justifique a los victimarios.

El primer reto consiste en repensar el concepto de “posconflicto”. Muchos analistas han dicho que este es errado, pues se debería hablar de un “posacuerdo”, ya que los conflictos no terminan con la firma del proceso de paz. Al contrario, la firma de la paz implica reconocer que existen conflictos que están en el origen mismo de la guerra y que hemos encontrado mecanismos políticos para tramitar estas diferencias.

Así, la escuela no puede caer en la idea abstracta de una realidad que niegue los desacuerdos. Aunque parezca peligroso, debe potencializar la existencia de estos conflictos para que desde pequeños los estudiantes aprendan a tramitarlos de manera autónoma. La convivencia no es algo que se da sobre el papel o que se consigna en la misión de un colegio, es una construcción social que parte del reconocer nuestras diferencias. Una formación que niegue el conflicto, va en contravía de aquello que Stuart Mill consideraba inseparable para alcanzar la libertad individual: la discusión.

El segundo reto que enfrenta el sistema educativo es un giro radical en la enseñanza del conflicto armado. Para esto se necesita la articulación de tres elementos: profesores capacitados, materiales pertinentes y un diseño curricular que responda a la nueva realidad del país.

Para ser un profesor competente en esta nueva coyuntura no se requiere, exclusivamente, un dominio en los contenidos. Sino profesores que puedan reconocer sus posiciones políticas para tomar distancia de ellas cuando están frente a sus estudiantes. El problema no es que los profesores tengan posiciones políticas, sino que se las pretendan imponer a sus estudiantes. Se trata es de mostrar distintas fuentes, no contar los hechos sesgando un solo lado. Formar estudiantes con pensamiento crítico, que reconozcan que en una situación social siempre hay más de una perspectiva. Esto hace más por la formación en democracia que la definición etimológica del concepto.

La cátedra de la paz, apuesta curricular del Gobierno para el llamado “posconflicto”, es una oportunidad que se está muriendo lentamente antes de nacer. Hay dos problemas que no son fáciles de resolver y a los que el Ministerio de Educación no pone la atención debida.

Por un lado, la falta de legitimidad que tiene en las bases. La iniciativa de la Cátedra no nace del magisterio –que desde hace años exige revisar el error que ha significado la abolición de la cátedra de historia y de geografía– nace de la Confederación Colombiana de Consumidores (CCC). Esto implica que los contenidos curriculares, en un tema tan complejo como este, están determinados desde la lógica del mercado. Sin embargo, se consigue más información de este tema en la página de la CCC, que en la del Ministerio de Educación; al poner la palabra paz en la página principal del Ministerio solo aparecen tres publicaciones de Twitter. Lamentable.

Por otro lado, un análisis detenido del decreto que implementa la Cátedra de la paz pone en evidencia varios problemas. Por ejemplo, da libertad para que un colegio escoja, de una lista de doce temas, los dos que considere más oportunos en relación con su Proyecto Educativo Institucional. Si bien es positivo que la Cátedra no sea una camisa de fuerza para las instituciones, es delicado dejar como opcionales ejes fundamentales como los procesos de paz y la memoria histórica.

No menos preocupante es la ausencia de materiales pensados para trabajar los temas propuestos por la Cátedra. Hay unas cuantas páginas desperdigadas en los textos escolares, hay otros creados por la Oficina del Alto Comisionado de Paz que podrían ser aptos para los estudiantes de los últimos años. Pero, a la fecha, las principales editoriales y el Ministerio de Educación no han diseñado materiales que puedan ser usados en las aulas de clase.

¿Qué hacer? En febrero de 2016 se tiene programada una gran convocatoria nacional para tratar el tema, aunque tarde, puede ser la oportunidad para que el Ministerio reconozca los errores del decreto que reglamenta la Cátedra de la paz. Queda esperar que de ese diálogo surja una reflexión seria no solo sobre qué significa educar para la paz, sino que se replantee la Cátedra en función de las realidades contextuales del país y de los salones de clase; que esta sea construida desde la base social de la escuela y no solo desde la mirada técnica del Ministerio. Por último, que se cree un banco de experiencias exitosas que hayan nacido en el contexto escolar, que estas sean sistematizadas en su totalidad y que se cuente con materiales para ser adaptadas en nuevos entornos.

El trabajo será largo, será difícil, por eso es urgente que el Ministerio comience cuanto antes. Como contribución personal, en la próxima columna hablaré de distintas iniciativas que he conocido en el diálogo con otros profesores de colegio, con el Centro Nacional de Memoria Histórica y con bibliotecarios de Putumayo.

 

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