Por: Julio César Londoño

Los viejos y tercos dioses

A raíz del ruido producido alrededor de la “ideología de género”, cobran de nuevo actualidad viejas polémicas: ¿dónde terminan los dominios de los dioses, si es que terminan?

¿Puede el Estado, público por excelencia, interferir en la vida privada de las personas? Para efectos legales, ¿aceptaremos que estas esferas, la pública y la privada, tienen zonas de intersección? ¿Podemos, sin enloquecerlo, darle a un niño explicaciones racionales y soluciones mágicas del mismo asunto?

Las respuestas no son fáciles. Toda línea es una franja de sombra difusa. Los mundos se traslapan. En el hombre contemporáneo sobreviven antiguos temores. Los viejos dioses todavía dan la pelea. Hay médicos que oran cuando van a manipular sus complejas máquinas; hay creyentes que blasfeman, y los ateos vacilamos. Cuando las turbulencias son muy fuertes, o cuando nuestro hijo entra al quirófano, tenemos deslices francamente piadosos.

Hace dos mil quinientos años todo era más sencillo. La religión, el Estado y la cosmología eran una sola cosa. Los dioses inspiraban a los poetas, los poemas eran mitos, cosmologías y manuales, los preceptos religiosos eran también leyes civiles, el rey era el sacerdote, o al menos su vecino, y la última brizna de hierba obedecía, mansa y plástica, al soplo de la divinidad.

Luego los dioses envejecieron. O huyeron (aquí divergen los teósofos). El mundo empezó a cambiar de prisa, los rígidos dogmas no pudieron seguirle el paso y tuvimos que arreglárnoslas por nuestra cuenta. Con los siglos aprendimos que la historia podía ser más precisa que la leyenda, que el mito era solo una metáfora, que las dudas eran más estimulantes que las certezas, que la ciencia podía descorrer algunos velos y que los derechos humanos eran más justos, actuales y universales que los preceptos religiosos.

Pero los dioses persisten y nuestros miedos también. Es por eso que zanjar la polémica entre las leyes de los hombres y los mandamientos de Dios no es fácil. Si a esto se agregan los tabúes sexuales, los prejuicios de raza, los odios enquistados y el ajedrez político, el cuadro se complica y el debate se convierte en una algarabía donde se grita para acallar el discurso del otro, no para exponer el propio.

Con todo, si miramos el mundo en una escala amplia, la toma resulta esperanzadora. En los últimos quinientos años, digamos, lo que se observa es un progreso firme de los derechos del individuo. El fin de la monarquía y la instauración de la democracia es un hito claro.

Desde entonces, el mundo es más participativo y secular. Y más humano. Aunque en muchos campos sigue imperando la ley del más fuerte, la tendencia moderna es la protección del débil. El negro, el niño, el indio, el pobre, la mujer. La sociedad moderna los protege por humanidad… y por cálculo: en cualquier momento un miembro de la clase dominante puede convertirse por circunstancias fortuitas (desempleo, enfermedad, accidente, vejez, mal de amores, cambio de gobierno) en un ciudadano de segunda. Y una sociedad que se precie de civilizada no se puede permitir estas vilezas. Su función es protegernos a todos de los vaivenes de la fortuna y de los prejuicios de los necios.

Podemos volver a los tiempos cuando era lícito maltratar a los animales, despreciar a los negros, los indios y las mujeres y explotar a los niños. Podemos expulsar del templo al cojo, al manco y al feo. Al homosexual, al asexual y al que piense distinto. Incluso al que piense. Podemos afinar la criba hasta hacerla finísima. A nuestra medida. Pero entonces el templo será una cosa triste. Adentro estarán solo los amigos del pastor, la vida quedará afuera, y Dios y la humanidad habrán fracasado de pomposa manera.


 

 

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