Por: Arturo Guerrero

Luces de Lyon, troncos de Herrán

De improviso el Palacio de Justicia se descascara. Su fachada cae en capas como si fueran blancas fichas cuadradas de dominó. El edificio, que no es patrimonial sino que reemplaza al antiguo quemado hace 30 años, se pasma en negro durante un segundo.

Enseguida resurge transformado en fronda amazónica, en verdor erguido. Minutos antes era el mar Caribe ondeando bajo las carabelas de Cristóbal Colón. Héroes míticos de color dorado se confunden con esculturas colosales de Fernando Botero.  

La Plaza de Bolívar contempla el espectáculo de la historia patria y la biodiversidad patria mezcladas como memoria prehistórica. Animaciones, videos monumentales, música épica, hacen de la Fiesta de las Luces de Lyon una experiencia de arte futurista en la explanada donde se ha fabricado la paupérrima democracia colombiana.

También hay fugaces imágenes de puentes sobre el río Sena, algunos colores simbólicos de Francia. Son sobrios los franceses con su propio legado milenario, en esta inauguración del año Colombia-Francia 2017. Se inclinan más hacia la esencia de este país tercermundista, dejan en desventaja sus pompas imperiales. Buen comienzo.

Los asistentes se contagian de magnificencia. La propaganda boca a boca da como resultado oleadas de bogotanos que anegan la plaza para darse cuenta de que el arte y sus vanguardias son capaces de engrandecer a un pueblo.

Los ojos no dan abasto para mirar completa la presentación de quince minutos que además tiñe la irregular fachada de la catedral. ¨Ah, no sabía que esto era posible¨, comenta alguien ante la cascada de colores y sonidos del ´mapping´ en riguroso comportamiento técnico.

En varias noches de ilusiones ópticas e impactos musicales, la capital intuye que algo magnífico se está fundando. No es solo un evento binacional. Es tal vez una historia que se parte en dos, proyectada sobre un palacio donde ya esta historia se había desangrado en mil.

En la semana inmediatamente anterior, otro evento estético también emparentado con Francia, había revelado una transformación. La reconocida periodista y abogada María Teresa Herrán, de madre y formación francesas, exhibió en Cero Galería su nueva caracterización como artista plástica.

Recuperó del campo menudos troncos y raíces de eucalipto que le suplicaban en busca de un segundo florecimiento. Se llenó de ¨deseos de revivirlos como un grito¨. A algunos los vigorizó con capas grises y plateadas que les otorgan textura metálica. Sobre otros vertió acrílicos y laca con amarillo, azul, rojo y verdes incendiados.

Respetó grietas, picos, grutas hondas, para que la imaginación transeúnte se fuera de viaje al pleistoceno. Partió de las cosas de la naturaleza para llegar a la naturaleza de las cosas. Así cumplió su palabra: ¨busco en ellos el sentido de lo que quieren expresar de sí mismos¨.

Como periodista experimentada, no pudo y no quiso desprenderse de la palabra. Tampoco de la llaga colombiana. Les puso nombres alusivos al dolor de las víctimas y de la naturaleza ultrajada.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Guerrero

Los picapedreros

Todos los hermosos juristas

Los misteriosos doce

Petro-éxodo en las fronteras

La deliciosa burla de los instantes