Por: Juan David Ochoa

Lugares comunes

Cesar Gaviria abandera la campaña por el Sí en un plebiscito que acaba de legitimar la oposición al declarar su intención de voto, aunque lo sigan nombrando ilegítimo, y se espantan algunos por el liderazgo de una campaña crucial a cargo del expresidente; pero no hay espanto ni sorpresa ni jolgorio; es un expresidente tibio, y es justamente esa la razón por la que fue nombrado.

La tibieza de Gaviria, sin embargo, no está enmarcada en lo peyorativo. Su rostro y su nombre no están anclados a la polarización de una tradición que abrió barrancos irreconciliables entre los bandos de una concepción adversa de la vida y del mundo, de la historia del país, de la idea de la tierra como zona de despojos antiguos. Su opacidad entre los demás presidentes fracasados por sus fanatismos o sus desprestigios estruendosos, le baja la guardia a los ladridos opuestos,  permite una apertura mayor en la campaña de una aprobación al acuerdo final, y refresca la imagen en una discusión que ha generado, con razón, otras grandes pulsiones.

Durante las campañas y el fervor no habrá mayores sorpresas argumentativas alrededor de cada apuesta. Finalizar o no una guerra solo puede discutirse desde lugares comunes, porque la esencia misma de la guerra y el fundamento del desangre están arraigados al lugar común del desprecio, absolutizado en los también lugares comunes de lo incompatible: la idea del respeto por el otro y la aceptación de su complejidad frente a la anulación de la diferencia y la opción del crimen para no discutir tradiciones.

Así que la tendencia a convencer dialécticamente al bando opuesto resulta una tarea frívola y pomposa, pero quedan en la palestra los indecisos, los fantasmas vivos de la democracia que representan  el 60% de abstención en una historia larga de indiferencia y descreimiento, también con razón. A ellos llegará el ruido de los sables o los suspiros de los sueños, aunque las posibilidades de una movilización histórica también resulten escasas.

No habiendo mayores argumentos o recursos de la lógica para explicar los beneficios del reinicio del tiempo y de una guerra terminada, no sobra decir que la concepción misma del territorio del país será todo un paradigma mutado si se reinventa la vieja tradición de una vida segmentada en intereses armados por regiones, y ese aparente pequeño giro resignificará lo social y lo económico, que por obvias y naturales razones, entre los tantos lugares comunes de la lógica, podrá fluir en un enfoque nacional, sin los peajes de repúblicas independientes, como sucede en los países naturalizados entre una identidad de aceptación y términos comunes.

Los tibios y los escépticos que miran el desmadre pasional desde las orillas del reposo tienen razón: la firma de un tratado de paz no traerá las pomposidades del sueño a la complejidad de una cultura enferma. Pero aún enfermos, no habrá disparos al aire ni proyectos mamertos de perfección humana ni escupitajos oligarcas sobreviviendo entre las bombas, y solo esa obviedad amerita la refrendación y la claudicación de todo este esperpento.

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