Por: Mauricio Rubio

Machismo y corrupción

Es común anotar que los hombres somos más corruptos que las mujeres, pero se habla poco de que la corrupción se asocia con el machismo.

Edilberto Barreto, líder del Movimiento Machista Colombiano (MMC), dejó clara su intención de obtener recursos fiscales para beneficio de él y sus seguidores: pretende que el Estado se encargue de los hijos que ellos no mantienen. Fue funcionario público, intentó ser elegido concejal y admite que quisiera “ser la cabeza de Bienestar Familiar”; lamenta que lo dirija una mujer que, además, no es madre. “Yo al menos me robaría la bienestarina para alimentar a mis hijos” anota con descaro. Hace años trata de montar un “hogar de paso para el marido infiel” que acogerá adúlteros echados de sus casas. En el refugio habrá “niñas ligeras de ropas dándole a uno un tratamiento científico para el guayabo”. De haber sido elegido, pensaba financiar esa obra con recursos municipales. Barreto ilustra eventuales vínculos entre machismo y corrupción, pero también los enredos de las organizaciones  políticas dedicadas a la defensa de intereses minoritarios.

En las comparaciones internacionales sobre percepción de corrupción, los países más transparentes casi siempre son los escandinavos que, simultáneamente, se destacan por unas relaciones de poder muy equilibradas entre hombres y mujeres; en los más corruptos, los derechos de ellas son bien precarios. El Woman Stats Project es una base de datos sobre diferentes dimensiones de la situación femenina en 177 países. Con las variables cuantificables construí un indicador global de machismo para indagar si efectivamente se asocia con la corrupción, medida a partir del índice que calcula Transparencia Internacional.

El ejercicio revela que, por países,  sí existe una correlación bastante estrecha entre las dos lacras. La causalidad puede ir en ambas vías: personajes como Barreto buscando beneficios privados a costa del erario o, en el otro sentido, enriquecidos ilícitos reforzando arreglos patriarcales. Para estándares internacionales, actualmente Colombia es más corrupta que machista, como Samuel Moreno, o la misma Corte Constitucional: todos pasarían un examen para ser aliados del feminismo, pero algunos se rajan en transparencia.

Entre la baja discriminación contra la mujer en países europeos y la altísima de Malí o Somalia, Colombia está más cerca de los primeros. Tres cuartas partes de los países del mundo son más machistas que el nuestro. En corrupción, el panorama es peor. Ante diez puntos escandinavos y noventa y pico de Afganistán o Somalia, nuestro puntaje es superior a sesenta; la mitad de naciones son más transparentes. Un corolario es que combatir corruptos, casi siempre muy educados, se volvió prioritario en Colombia. Se requieren militantes anticorrupción, por ejemplo desde el sector público.  Mejor que sean mujeres: los  indicadores internacionales muestran que la mayor igualdad de género en el empleo estatal se asocia con un aumento significativo de la transparencia. Las piedras en el zapato de Barreto son  precisamente las  jueces de familia que no puede seducir, ni sobornar.

Una cruzada pendiente es contra el matrimonio precoz, problema persistente en Colombia  en el que, comparados con el resto del mundo, estamos mal, muy mal.  Además de graves secuelas sobre la situación femenina en el hogar, el sistema educativo y el mercado laboral, las uniones tempranas  parecen afectar la transparencia. Una conjetura sobre esa asociación es que una joven o niña casada con un hombre mayor no ofrece contrapeso para decisiones unilaterales del esposo, que actúa sin restricciones, en el hogar y otros entornos. Cabe recordar que los primeros pasos hacia el desarrollo de instituciones democráticas se dieron en Europa del norte donde, desde el medioevo, las campesinas se casaban a una edad similar a la de las universitarias colombianas de hoy. Otra posible explicación es que los matrimonio jóvenes reflejan el poder de los clanes familiares que, con la alta natalidad, también muestran un impacto perverso sobre la corrupción. En esa dimensión, la posición de Colombia encaja en el patrón internacional y sugiere que es factible mejorar la transparencia atacando factores culturales y demográficos que afectan la estructura familiar, por ejemplo con el fortalecimiento de la educación femenina.

Edilberto Barreto y sus seguidores muestran los riesgos del activismo de minorías con autoridades sobornables. No es lo mismo militar en Dinamarca que en Cundinamarca, Casanare o cualquier departamento de Colombia en dónde, qué vergüenza, se aplaude a un funcionario o magistrado progresista aunque sea deshonesto. Con corrupción rampante, se puede temer que los bárbaros del MMC seguirán buscando subvención estatal para su irresponsabilidad. Podrían, por ejemplo, ganar tutelazos atendiendo con cariño jueces enguayabados en el refugio para mujeriegos, que ya está casi listo.

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