Por: Mauricio Rubio

Machista en bruto

Edilberto Barreto, el “mejor polvo del llano”, es el caso extremo, descarado, del macho que no responde por sus hijos y al que, torpemente, nos hemos acostumbrado.

Acaban de hacerle otra entrevista a este especímen que debería generar una pequeña fracción de las reacciones que provoca cualquier balbuceo del procurador, siempre con turbas de analistas criticándolo. El aullido cavernícola de Barreto, que hace palpable el trecho que falta para la sociedad medianamente civilizada que estamos repensando, pasa bajo un silencio desconcertante. Trogloditas como este ganadero para quien “domar potros, caballos y yeguas es lo mismo que enamorar a una mujer” causan estragos que no pueden ignorarse. Al lado de esta afrenta, los micromachismos urbanos o el “mansplaining” –el reflejo varonil de hablarles a compañeras o colegas con tono paternal- son arandelas.

El líder del Movimiento Machista Colombiano (MMC) es una mala parodia de macho alfa. No alcanza a representar al patriarcado, ni siquiera a los primates que acaparan hembras, preocupándose por ellas y sus crías. Barreto es un indómito sexual y, a la vez, un absoluto zángano. Su modelo es el semental bovino: el hato a disposición, pero con pastos, concentrado y vacunas suministrados por un tercero, en su caso una entidad pública. “Los que somos cabeza de varios hogares no tenemos protección” se lamenta, pidiendo que el Estado “se haga cargo de los hijos que no alcanzamos a alimentar nosotros”. 

Con 64 años, tres matrimonios e incontables mujeres, tiene “como catorce” hijos, cifra susceptible de aumentar. “Algunos tenemos palito pa las mujeres”, alardea en el último reportaje, aclarando que no es violento. Se volvió prudente tras una acción penal por recomendar golpear a la pareja sin dejar marcas. “No conviene que la moza de uno ande con morados en la cara”, advirtió alguna vez. Es revelador que esa demanda, interpuesta por Iván Cepeda, haya sido por decir lo que no tocaba, el pecado mortal nacional; las conductas punibles con las que fanfarroneaba son secundarias, y parecen no haber sido investigadas. Su pesadilla son las jueces que lo persiguen con demandas de alimentos, según él injustas: “que haya equidad, que apliquen la ley, no la venganza”.

Tipejos como este no encajan en la doctrina de los conflictos de género. Sería un desatino asimilar este nefasto personaje a un producto de la cultura sin refinar el diagnóstico de su patología. Barreto vive sólo y asume las labores domésticas, no quiere una mujer a su servicio; la amante de turno deja claro que lo es voluntariamente. Sobre el aborto, avalaría sin reparos el lema “es tu cuerpo, decide tú”, que pregona para la contracepción. Su pretensión no es que algún cura o pastor inculque y refuerce valores patriarcales religiosos, que lo encartarían. Predica algo más básico: imitar a los animales. “Yo tengo aquí cincuenta novillas y les tengo un toro, no más; el patio de las gallinas está lleno de gallinas y les tengo dos gallos, y nunca ve uno una escena de celos… El machismo no es una cuestión cultural, es el ordenamiento natural. ¿Por qué tanta saña contra el hombre que ejerce la hombría?”

Militantes del MMC se reúnen para hablar de caballos, toros, gallos y mujeres; se declaran minoría perseguida por la ley, y se organizan para defender sus derechos. Son como bestias legalmente astutas: machos rudos y primitivos que asimilaron bien la Constitución del 91. Pretenden que el fisco subvencione su inclinación al sexo sin cortapisas ni responsabilidades. No demoran en señalar una conexidad con el libre desarrollo de la personalidad y protestar porque las mayorías intenten imponerles valores conservadores.

El dolor de cabeza de Barreto, la inasistencia alimentaria, también lo es de nuestra justicia, por número de expedientes, que siguen aumentando. Somos el lugar del mundo en donde nacen más niños por fuera del matrimonio, y eso no debe ser motivo de orgullo. Con ninguno de los indicadores disponibles de machismo por países, Colombia está peor en el ranking mundial. No existe ese dato, pero es probable que seamos líderes internacionales en madres que persiguen judicialmente a quienes deberían aportar para la crianza. No basta con aceptar y celebrar arreglos de pareja no tradicionales y, como Barreto, exigirle al Estado que se responsabilice de los menores. Las indignadas protestas por la desnutrición infantil aguda, rara vez mencionan a los padres, que deberían tener velas en esos entierros, en primera fila. Liberar de obligaciones a los progenitores es música celestial para los oídos de cafres irresponsables, como el semental llanero, que aún campean a sus anchas por la geografía nacional.

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