Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Magistrados militantes

Cayó finalmente Jorge Pretelt desde el pedestal de la Corte Constitucional (CC), a donde nunca ha debido llegar. Independientemente de los estragos personales y familiares que sin duda le causó la suspensión de su cargo, son más graves las consecuencias institucionales que produjo su paso y salida de la Corte.

Lo que pasó en la CC no sorprende a quienes deambulan por los despachos judiciales, porque desde hace mucho tiempo se venía comentando en los pasillos del Palacio de Justicia y en muchos escenarios ilustrados que la prestigiosa acción de tutela, que tantos beneficios le ha traído a muchos y que ha impedido atropellos judiciales, se había convertido en fuente de corruptela. Sotto voce se comentaba que la revisión de las tutelas se volvió costosa e inaccesible. Y aunque en menor grado, también se empezó a rumorar que eso era apenas el pago del tiquete de entrada, porque luego solían ocurrir cosas terribles que en otros tiempos eran impensables. No me dejará mentir hoy un exmagistrado de la CC a quien, en 2009, en el velorio de una apreciable consejera de Estado, le dije, en presencia de otro magistrado de la Corte Suprema, que había corrupción en la selección y trámites de las tutelas. Mi ocasional contertulio se sorprendió y, si está leyendo esta columna, hoy comprenderá y tendrá que admitir que lo que entonces le informé no era invención ni maledicencia. Por supuesto, esa fama desastrosa estaba individualizada en cabeza de muy pocos magistrados, no de todos, porque allí ha habido y hay figuras probas víctimas de las “audacias” de algunos de sus colegas que están en el lugar equivocado para litigar o hacer negocios. Por esa razón y por muchas más he venido proponiendo la revocatoria de todos los magistrados de las altas Cortes, inclusive de los incorruptibles, propuesta que algunos togados consideran, pero no se han atrevido porque el sistema no lo permite

Y ese ambiente de desprestigio y de desconfianza colectiva se confirmó cuando estalló el escándalo de Fidupetrol, que tiene preso al abogado Víctor Pacheco, enredado judicialmente al exmagistrado Rodrigo Escobar Gil, suspendido a Pretelt, e indignados a la mayoría de sus compañeros y por supuesto al país por el irreparable daño que la causó a la CC, antes reconocida en el universo.

Oyendo la defensa insólita que asumió en el Senado Pretelt de sí mismo, sentí escalofrío de que hubiese administrado justicia. Según el magistrado arrastrado por su propia culpa, la razón de su suspensión obedecía a que él tenía determinadas posturas políticas frente al proceso de paz, la adopción gay, el matrimonio igualitario, el plebiscito; es decir, reconoció que como juez tenía la misma agenda política de su jefe Uribe, y del caótico procurador Ordóñez. Quien es capaz de esa confesión no es un juez sino un verdugo, como cuando alguien agazapado en la toga administra la justicia del odio o con el propósito de cobrar viejas rencillas personales o políticas a una de las partes o los litigantes, o para favorecer a sus amigos o excolegas. De estos también hay varios especímenes y de ellos me ocuparé en otra oportunidad

Que Álvaro Uribe se haya declarado impedido en el trámite de la suspensión de su compadre Pretelt no lo exonera de la responsabilidad por el imborrable yerro de postular a quien en la CC se comportó como un correligionario de la seguridad democrática y no como magistrado. Si bien acertó incluyendo como candidata a María Victoria Calle, le debe una explicación a la Nación de por qué le dio semejante oportunidad al doctor Pretelt, a quien además estuvo a punto de convertir en fiscal. Claro, el fogoso senador guardará silencio, más después de que sus segundos en el Congreso propiciaron la vergüenza de defender a Pretelt con artificios y leguleyadas. Dios los cría.

La lección ha de asimilarse, más ahora que el presidente Santos debe postular nombres para reemplazar a varios togados en la CC. Ni clientelismo, ni amiguismo deben presidir la escogencia de los candidatos a esa sagrada corporación. Se necesitan juristas y decentes.

Adenda. Bienvenida la paz. Y ahora a trabajar por el Sí, por nuestros hijos y por el futuro de esta Colombia adolorida. No hay otro destino posible.

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