Por: Juan Carlos Botero

Malditas las gracias

Todas las personas que hicieron posible que Donald Trump ganara la presidencia de EE. UU. van a tener que asumir, muy pronto, las consecuencias de sus actos.

Me refiero a todos quienes votaron por él; a los millones que, increíblemente, habiendo tanto en juego, no votaron ese día; a las mujeres, afroamericanos, latinos, inmigrantes, gays y padres de niñas y homosexuales que, a pesar de recibir tanto insulto, apoyaron a Trump con su voto; a los periodistas que reprodujeron noticias falsas sin corregirlas; a los medios que, buscando el rating en vez de la verdad, celebraron los disparates del candidato, dándole una publicidad gratuita inusitada; a los demócratas que no sedujeron a vastas franjas de la población; al director del FBI que intervino descaradamente en política; a Putin, Assange y Wikileaks; y a cada republicano que, a pesar del racismo, las mentiras y la misoginia de Trump lo respaldó en las elecciones. Todas estas personas son culpables de lo que se nos viene encima, y después que no vengan con excusas insulsas para eludir su responsabilidad: que no sabíamos que iba a ser así, o quisimos darle una oportunidad, o no les creímos al New York Times y a CNN. Basura. Esta gente votó o no a conciencia, y por eso jamás se podrán lavar las manos de esta tragedia.

Una vez le oí a un amigo una buena frase casera hablando de literatura: bastan dos o tres cucharadas para probar la sopa. Es decir, con la lectura de pocas páginas uno ya se hace cierta idea sobre el tono, el estilo, la prosa y los personajes de una novela. El juicio final, por supuesto, sólo se forma al leer la última palabra, pues el sentido total de un libro puede cambiar con la última frase, como pasa con Reencuentro de Fred Ulhman. Igual sucede en política: con lo poco que ha hecho Trump ya probamos su sopa, y el problema no es sólo que será fea (corrupción, conflictos de interés, payasadas que rebajan la majestad de la presidencia, etc.), sino que, peor aún, será tóxica y venenosa. Literalmente.

Para proteger el medio ambiente, Trump escoge a un negador de la ciencia y un creyente que el cambio climático es una patraña inventada por los chinos. Escoge a un empresario, enemigo de aumentar el salario mínimo, como ministro de Trabajo. Escoge a un enemigo de la salud pública como ministro para acabar con el exitoso programa de Obamacare. Su embajador en Israel rechaza la solución de dos Estados, desea más asentamientos en Cijorsdania y carece de experiencia diplomática, justo en el cargo que requiere la mayor experiencia y diplomacia posibles. Fustigó a Hillary Clinton por el manejo de sus correos electrónicos, diciendo que había puesto en peligro la seguridad nacional (cosa que nunca pasó, y así lo admitió el FBI), pero uno de sus candidatos como canciller era David Petraeus, quien sí filtró secretos de Estado a su amante. Trump piensa seguir de productor de televisión, no desea leer los informes de seguridad y tuitea sin freno en contra de un sindicalista. Y todo esto sin haberse posesionado. Así que hay que repetirlo: felicitaciones a todos los que hicieron posible esta catástrofe. Ustedes son los culpables. Y por favor, como dije, después no vengan con disculpas. Ustedes se la buscaron. Y nos la echaron encima a los demás. Así que gracias de nuevo. Malditas las gracias.

 

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