Por: Antonio Casale

Maradona

Es 1º de enero, prendo el televisor para buscar algún partido, de donde sea, pero no hay fútbol. Los canales deportivos están llenos de resúmenes de lo mejor del año. De pronto me encuentro con un especial de Maradona.

Una vez más sus goles en México 86. Cuando uno tiene tiempo para pensar, les encuentra un valor a las cosas que es difícil hallar en el rock ‘n roll de la vida diaria. Por ejemplo, esos dos goles contra Inglaterra en los cuartos de final de aquel mundial significaron la revancha de un país subdesarrollado como Argentina, que había sido aplastado por los ingleses en una invasión a las islas Malvinas. La trampa que significa un gol marcado con la mano, poca cosa al lado de la cantidad de sangre derramada por los soldados empíricos argentinos en la guerra, así como la magia del barrilete cósmico, como bien la describió Víctor Hugo Morales en su relato, no son otra cosa que la muestra de que Maradona fue mucho más que el mejor jugador de fútbol de su época.

Después de la conquista mundialista, se fue para el sur de Italia, siempre menospreciado y apabullado en todos los aspectos por los del norte. Allí también se puso la 10 para reivindicar a un pueblo napolitano que nunca antes, ni después, se sintió tan ganador. Dos títulos de liga, una Copa de Italia, una Supercopa y la más importante, la copa de la UEFA del 89, fueron los trofeos obtenidos, pero ninguno tan importante como la dignidad.

Fuera de la cancha Maradona ha sido el mismo genio. Hace ya casi 20 años desde que el Diego acusó a la FIFA con la vehemencia que pocos han tenido. El tiempo le dio la razón. Mientras tanto sus colegas futbolistas, a pesar de ser las víctimas más importantes, han brillado por su silencio cómplice con la dirigencia. Sí Messi, Cristiano y compañía tuvieran una pizca de la solidaridad que siempre demostró Maradona, mucho mejor sería la situación de los jugadores en el mundo y no me refiero a los multimillonarios que no alcanzan a ser el 10 por ciento de los jugadores en todo el planeta. Bueno, es que Maradona supo lo que es ganar en un equipo de humildes, lejos de la opulencia de la élite de hoy.

Se ha equivocado como cualquiera, pero nunca se ha preocupado por mostrarse perfecto. Decir que ha sido un mal ejemplo para la sociedad es fácil, pero Maradona es lo que es no propiamente gracias al entorno, sino a pesar de él.

Terminó el especial en televisión y me puse a repasar anécdotas del diez. Entendí que Andrés Calamaro tenía razón, no exageraba cuando escribió esa canción que dice que Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero, tiene el don celestial de tratar muy bien al balón. Es un guerrero.

 

 

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