Por: Fernando Araújo Vélez

Marionetas

Voy buscando a aquel que maneja los hilos que mueven mis piernas, mi mano y mi cabeza, y voy encontrando cientos y miles de hilos distintos, y cientos y miles de titiriteros diferentes que me usan, me manipulan, me llevan y me traen y me hacen actuar como ellos quieren, como a ellos les conviene.

Voy escudriñando entre mis recuerdos, mis viejos recuerdos, y voy reviviendo antiguos hilos. Con unos me obligaron a aprender que había cielos e infiernos, un bien y un mal, y a actuar con su bien para llegar a su cielo, a la diestra de dios padre, y así anduve por muchos años, buscando una recompensa y huyendo de un infierno. Recé, di limosnas, me confesé ante curas que eran los representantes de dios en la tierra, estudié y creí. Los hilos que me movían me empujaron por caminos de fe y me depositaron en un muy luminoso cuarto repleto de reglas y mandamientos que aprendí de memoria.

Con el tiempo quise cortar aquellos primeros hilos. Lo intenté, con dolor, cuando empecé a dudar de la mano de un dios que los guiaba, y con temor porque tal vez era cierto que me iba a condenar, y sin embargo, sin embargo, antes de que cayeran al suelo, fueron reemplazados, renovados por otros que olían a tradición, a sistema, a lo que debe ser, a lo que tiene que ser, a éxito y estudios y diplomas, a familia y a los hijos y a hogar y casa y trabajo. Los viejos hilos que quise cortar se aferraron a los nuevos y a otros que fueron cadenas, y entre tantos hilos me confundí, porque las manos que los manejaban pretendían que me confundiera. Era el camino que habían trazado. Confundirme para ablandarme, ablandarme para llenarme de temores y, con el miedo, disponer de mis manos y mis pies y mi cabeza. Yo me sacudía. Halaba con fuerza para liberarme, pero los hilos no se rompían. Apenas se estiraban un poco para que yo creyera en una posible liberación. Entonces volvían a tensarse.

Hoy comprendo que aquellos hilos que se mezclaron con otros hilos una y otra vez no eran manejados por ningún dios, sino por humanos, demasiado humanos, que los manipulaban a su antojo y me vestían como querían, y me dictaban lo que debía pensar y decir, y me imponían obligaciones e incluso sentimientos, amores, con un inclemente bombardeo de noticieros, cine, televisión, prensa, canciones, leyes, libros y convenciones sociales. Hoy comprendo, también, que soy un títere más, y que quien me manipula es manipulado por uno más arriba, y éste, a su vez, por otro, dentro de una infinita cadena de títeres sin mayor sentido y sin ningún objetivo. Cuanto más comprendo ese sinsentido, más siento que se aflojan los hilos y más débil percibo la mano que los mueve. Entonces me río con risa burlona de todos aquellos que en realidad creen en la libertad.

 

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