Por: Piedad Bonnett

Más allá del escándalo

Cada tanto la realidad nos enfrenta al Mal, así, con mayúsculas.

Al estupor, a la indignación y al misterio que este entraña. Y cada tanto, también, un hecho monstruoso revela, involuntariamente,  un “orden”  social que, hasta cierto punto, lo explica. Acaba de pasar: el asesino,  un psicópata –que no es otra cosa que alguien que carece de empatía y que va rompiendo su propio límite moral–, y su pequeña víctima revelan el país en que vivimos, estratificado y violento. En un segundo, como en un caleidoscopio, se fundieron muchas realidades: una familia con un pasado campesino, un éxodo forzado, un presente de pobreza y hacinamiento; un hombre con educación, una familia “prestante”, drogas y excesos, dinero para comprar bienes y pagar abogados; un vigilante que sucumbe a la culpa o al miedo, o a las dos cosas; morbo; la violencia como respuesta a la violencia: que lo linchen, que lo castren, que le den pena de muerte; pero también solidaridad general y  la milagrosa eficiencia de la policía. 

Perturba la imagen del poderoso depredador cazando a un ser inerme en los márgenes de la ciudad, con el convencimiento de que eso le garantiza la impunidad, y en acto que entraña desprecio por la condición de la víctima: niña, pobre, indígena. En su mente esos datos no fueron irrelevantes. Y si bien su caso, por monstruoso, parece un hecho aislado, nos permite reflexionar sobre los imaginarios colectivos a los que responde. Crecimos en un país donde la discriminación comienza preguntando por el apellido, la región o el barrio del otro, y donde esto ha cuajado en un lenguaje: un guizo, un levantado, un igualao. Donde las palabras indio o sirvienta son un insulto. Donde hasta hace poco muchos chistes comenzaban: “estaba la esposa barriendo por la mañana cuando llegó el marido borracho…”, o “iba un negro para la choza…”; donde un cómico llamado Montecristo hacía reír al público imitando a las personas baldadas o la forma de hablar de los homosexuales; donde un narrador deportivo se despedía diciendo “esta noche no me esperen en la casa” y donde hicieron una telenovela sobre la vida de un cantante que fue condenado a 12 años por el “homicidio preterintencional” de una admiradora y que fue recibido con vítores a la salida de la cárcel. Donde en una emisora de alta sintonía un locutor dijo sin mosquearse –y sin que el director del programa se mosqueara- que a Cartagena estaban llegando cruceros “llenos de locas”; y donde la cultura mafiosa convirtió a las mujeres en maniquíes standard y a muchos cirujanos en comerciantes inescrupulosos. La publicidad, las telenovelas, la música, reflejan esos imaginarios. Por eso no extrañan las letras oprobiosas de la canción de Maluma, que es sólo uno más de los que cantan así de las mujeres, ni sus palabras desafortunadas: “Sólo haz lo que te salga del corazón, lo que te haga feliz”. Un mandato interior que bien pudo ser el del asesino.

Hay algo bueno, sin embargo: por fin en el país se ventila y se denuncia la magnitud del acoso infantil, del machismo, de la violencia contra la mujer y los homosexuales; y cada vez hay mayor conciencia de que el lenguaje no es inocente. Pero, desafortunadamente, la realidad oprobiosa no cambia. Ahí está, atroz y escondida, más allá de los escándalos mediáticos.

 

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