Por: Julián López de Mesa Samudio

Más literatura, menos teoría

Hace un tiempo me vi ante la encrucijada de dictar una clase de diplomado acerca de las alternativas frente al fenómeno terrorista contemporáneo. Era una clase difícil, pues debía de alguna forma responder a la pregunta: ¿Qué hacer frente al terrorismo?

El reto estaba en no caer en la especulación o en los lugares comunes de la teoría política y de relaciones internacionales que normalmente analizan situaciones desde una pretensión de objetividad, desde una distancia razonable y segura que le permite al académico no comprometerse en demasía. Mi respuesta es que para hacer frente al terrorista, o en general a cualquiera que no piense o actúe como uno, se requiere primero entenderlo; y que, para ello, no basta analizar de forma objetiva al otro, sino que es necesario penetrar en su subjetividad y captar dónde se halla la diferencia.

Lo ideal es poder vivir directamente la experiencia ajena —tener la fortuna de vivir, aunque sea un tiempo, como el otro—, pero si esto es imposible, lo más cercano es a través de su literatura.

¿Para qué sirve la literatura? Sirve para consolar, para hallar refugio, para decir lo que nunca se ha podido decir… Sirve para encantar y sensibilizar, para divertir y estimular la imaginación como herramienta vital para desarrollar el espíritu creativo. Y la gran literatura, aquella que se inserta en un contexto histórico determinado, la que está atada a las experiencias de un pueblo o a los más profundos sobresaltos del alma, aquella literatura que trasciende porque ha sido decantada por el tiempo, es más importante, hoy en día, que toda la teoría política junta.

Más que a Huntington, Fukuyama u otros milenaristas de las relaciones internacionales y las ciencias políticas, hay que leer a Achebe o Soyinka para entender a Nigeria, la poesía de Adonis o la prosa de Mahfouz para sentir a Siria y al mundo árabe, a Kemal y a Pamuk para comprender las dicotomías turcas; no existe teórico alguno que haya logrado captar el apartheid y las consecuencias de su desmonte en Sudáfrica como Coetzee. Ningún libro de teoría, ninguna estadística, podrá explicar a Rusia como lo hace Dostoievski...

Esa literatura sirve para entender el corazón de una nación, para conocer otras cosmovisiones e insertarse en ellas. Así sea por un instante, nos hace entender las dinámicas socioculturales de un escenario histórico determinado y nos permite sentir empatía por quienes no se nos parecen y comprender ideas, incluso contrarias a las nuestras: nos ayuda a entender al otro en su humanidad y en sus vivencias. Y la empatía —que no es necesariamente simpatía— es la semilla del respeto y éste a su vez es el terreno fértil de la paz y la convivencia. Las artes, pero en especial la literatura, presentan esa subjetividad necesaria para conectar cosmovisiones, para acercar a personas, para generar planos comunes y puntos de contacto que la objetividad de la academia contemporánea nunca podrá conseguir.

Sin embargo, cada vez tiene menor cabida la literatura en nuestra academia. Cada vez se reducen más las clases en los colegios y se estimula menos la lectura de cuentos, poemas o novelas. ¿No será más importante la literatura en los cruciales tiempos que se avecinan para nuestro país que la inflación de análisis y doctos estudios académicos que ya surgen por todos lados?

 

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@Los_Atalayas

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2015-12-03T12:18:43-05:00

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2015-12-03T12:19:57-05:00

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Más literatura, menos teoría

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