Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Mayday

“Yo hago las noticias” es la máxima que inmortalizó a William Randolph Hearst (1863-1951), propietario de decenas de medios estadounidenses como Los Angeles Examiner, The Chicago Examiner, el Washington Herald y su gran bastión, The San Francisco Examiner.

Más parecido a un personaje de ficción que a uno real, el magnate californiano inspiró a Orson Welles para realizar la película Ciudadano Kane.

 Hearst se atrevió a publicar noticias como la de un terremoto que jamás ocurrió. (También, en su afán por superar a la competencia, The World, en manos de Joseph Pulitzer, llevó al pedestal a la “prensa amarillista”, cuyo nombre alude a la entonces novedosa tinta amarilla del cómic ‘The Yellow Kid’).

Hearst incubó un engendro del oficio periodístico: la “chiva”. ¡Cómo le hubiera sacado partido a las redes sociales! Sin duda, habría chiviado a El País de España con la portada (mentirosa) de “El secreto de la enfermedad de Hugo Chávez”.

La tragedia aérea de LaMía –71 víctimas fatales, seis sobrevivientes, un audio privado de un copiloto, una grabación en una torre de control, una controladora de vuelo amenazada– transformó, gracias al legado de Hearst, una caja negra en una caja de Pandora.

La percepción de legitimidad de la información en las redes sociales le asestó otra plomada al periodismo contemporáneo. La inmediata circulación de imágenes fijas, audios y videos exacerba en las audiencias la sed por el relato, al margen de su veracidad.

Esta realidad que imponen las redes sociales plantea una paradoja: la sofisticación de la tecnología desemboca en la recepción más primaria, impulsiva. Como en la prehistoria, prima la narración que va de boca en boca (de chat en chat). “Copiar y pegar”, “Reenviar”, “RT”.

 Y el periodismo ¿qué? El afán de las audiencias (y de los medios por complacerlas) ha logrado minar las bases del oficio: confirmar, contrastar, verificar. No se trata de romanticismo periodístico, ni de “superioridad moral”, tampoco de estigmatización de las redes (que, de hecho, con frecuencia son grandes aliadas). Estos nodos exaltan el juego de los audaces, de los kamikazes del oficio, profesionales del “hágale a ver qué pasa”: si usted no lo hace, la competencia sí.

Varios periodistas tuvimos en nuestro celular el audio del copiloto; decidimos no difundirlo sin antes verificar su fuente y evaluar las posibles consecuencias de su publicación. Por supuesto nos chiviaron. A mucho honor, hay que decirlo.

¿De quién era la voz? ¿La grabación estaba editada? ¿Correspondía al día de la tragedia? ¿Era verdad?

 ¡Pudo tratarse de otro terremoto de Hearst!

 La soberbia del cuarto poder le impide encender las alarmas de prioridad antes de aterrizar sus contenidos. Optamos por estrellarnos sin declarar ‘mayday’.

 Los habituales expertos en política y en fútbol, hoy lo son en aeronáutica: con las entrañas, emiten juicios sobre un piloto muerto (como si fuera el único responsable de una operación aérea) y una controladora de vuelo (devastada moral y psicológicamente).

 Una vez más, las víctimas de nuestra impericia mañana se desvanecerán en el olvido, sepultadas por una nueva chiva… que jamás da espera.

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