Por: Arlene B. Tickner

Memorias de Cuba

Era 1987. Mikhail Gorbachev había comenzado a reformar la Unión Soviética bajo los principios de la perestroika y el glasnost, pero aún no se veían signos de la disolución del bloque socialista ni del fin de la guerra fría.

Había viajado varios meses por Centroamérica, en donde el gobierno de Ronald Reagan financiaba la lucha antisandinista de los contras en Nicaragua e inyectaba millones de ayuda militar a las guerras civiles en El Salvador y Guatemala para frenar la expansión del comunismo. Las relaciones con Cuba, la siguiente parada en mi periplo mochilero, eran tensas debido a las acusaciones de Washington sobre la injerencia de Fidel Castro en la subregión y éste vigorizaba su amistad con la URSS con miras a blindarse contra un posible ataque del imperio yanqui.

Aún no había comenzado el “período especial”, pero abundaban las quejas de la gente sobre la escasez de productos, las colas y las restricciones a la libertad de expresión y movimiento, algo que no me esperaba en un país supuestamente totalitario. Estas se nivelaban, claro está, con el reconocimiento de los logros de la Revolución en salud, educación, empleo, equidad de género y seguridad. Como no había casi turismo, la mayoría de los cubanos presumía que era rusa y me ignoraba. Sin embargo, al enterarse de mi verdadero origen, era sorprendente su entusiasmo por todo lo estadounidense —no solo los dólares—, algo que pocos gobernantes de mi país natal habían sabido dimensionar al planear sus estrategias ante la Isla.

Además de interactuar de cerca con algunos cubanos y de advertir los inicios del “apartheid turístico” cuando a ellos se les prohibía el ingreso a las tiendas y discotecas de “solo extranjeros”, conocí a un grupo de jóvenes rusos premiados con un viaje a La Habana por su desempeño laboral. Tan disonante era la caricatura del “enemigo capitalista” que se les había montado el régimen soviético con la mujer que veían enfrente que no resistían tocarme el brazo y fotografiarme para comprobar que era “real”, ya que nunca habían visto “uno de nosotros”. Pese a que la mayoría no entendía inglés o español, ni yo ruso, mediante frases entrecortadas, señas, dibujos, y vodka —que, fiel al estereotipo, muchos traían en la maleta— construimos un puente entre nuestros respectivos mundos.

Más allá del legado positivo y negativo de Fidel Castro para Cuba, América Latina y en general, el Sur, su muerte me ha hecho recordar esta inusual visita a la Isla. La mística de esta y de la Revolución, al menos para mí y en ese momento, se resume en que su singular ambiente —caribeño, descomplicado y alegre, pero también rebelde y crítico— permitía por unos instantes ser simples seres humanos, sin importar etiquetas ideológicas como el capitalismo o el socialismo.

***

La tragedia aérea del Chapecoense, otra de esas que producen dolor profundo en el alma, reafirma que este ha sido un año maltrecho.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner

Kim 1 - Trump 0

¿Legado o lastre?

La cuestión internacional

Jerusalén celebra, Gaza se desangra

Adiós a la diplomacia