Por: Piedad Bonnett

A mil por hora

¿Cuántos libros creen ustedes que puede leer un lector avezado, familiarizado con la literatura, en el curso de una semana?

¿Cuatro, cinco? De ser así, se tratará muy seguramente de una persona sin trabajo,  un jubilado tal  vez, o un insomne crónico, o un profesor acucioso que dedica a esta tarea la mitad de su  vida. Yo, que tengo por oficio leer y escribir, sólo me leo cinco libros en una semana si estoy en una playa desierta pasando unas vacaciones. Y eso.  Pues asómbrense: la niña de 15 años que ganó la llamada “Maratón de lectura” organizada por el Ministerio de Educación se leyó, según cuenta la prensa, 40 libros en dos meses. Las cuentas suenan extrañas, porque Ana María, que así se llama, cuenta que en el libro más largo se demoró dos semanas y media, mientras que el periodista, burlando toda ley matemática, dice que cada semana “leía dos o tres, unos más cortos que otros”; pero digamos que le creemos a Ana María y a los organizadores del concurso: ¿durmió esa pobre niña durante esos dos meses? ¿Fue al cine, hizo deporte, jugó con sus amigos, hizo tareas de matemáticas? Pero sobre todo, ¿disfrutó esos libros, los leyó completos? O, anhelando ganar el premio de un viaje a  París,  devoró páginas transversalmente queriendo batir un récord, como esos glotones que engullen hamburguesas delante de una cámara, convirtiéndolas en su cabeza un amasijo confuso? 

No pretendo demeritar el esfuerzo de esta lectora desaforada, sino subrayar que la tal Maratón de lectura es un exabrupto pedagógico que no sólo amenaza con indigestar a niños y adolescentes, a los cuales dejará vacunados contra la lectura, y con hacer decir mentiras a algunos de los 500.000 estudiantes que participaron en el evento, sino que desvirtúa el acto de leer convirtiéndolo en una competencia vacua, donde lo que importa es la cantidad y no la calidad. Todo muy de acuerdo con una mentalidad de ranking. La mejor recompensa cuando se lee un libro es el libro mismo, lo que nos otorga. ¿Qué sentido tiene dos meses de locura lectora promovida por un superhéroe disfrazado como el Chapulín Colorado? Formar lectores, señores del Ministerio, es una tarea de seducción, de enamoramiento de los libros, que sólo se logra a largo plazo, y que comienza idealmente en los hogares y se refuerza en el colegio y en la universidad. No es fácil, porque hay miles de casas colombianas donde no hay ni un solo libro. Por fortuna, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional están apostándole hace ya tiempo al fomento de la lectura, y en muchas regiones encontramos jóvenes promotores que logran, con imaginación y esfuerzo, crear en sus grupos verdadera pasión por la lectura, sin acudir a los “40 minutos de pruebas de análisis y comprensión” que exige la Maratón. Del fortalecimiento de las 1.424 bibliotecas que conforman la Red Nacional de Bibliotecas Públicas depende, en cierto modo, que este sea un país que lea cada vez un poco más. Por esa razón hay que apoyar el Impuesto Nacional al Consumo a la telefonía móvil (INC) que propone la reforma tributaria —atacado por algunos— el cual beneficia estas bibliotecas con más de $20.000 millones anuales, que les sirven para aumentar su dotación e innovar en estrategias de lectura.

 

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