Por: Daniel García-Peña

Milagros posibles e imposibles

El Papa Francisco logró que Obama y Castro hicieran las paces, convenció a Maduro de sentarse con la oposición, puso a los líderes de Israel y Palestina a rezar juntos, pero no pudo hacer el milagro de poner de acuerdo a Santos y Uribe.

Lo motivaron las mejores intenciones. Es, sin duda, el Papa más chévere de nuestros tiempos. Sin alterar la doctrina, ha insistido en el potencial del amor, la tolerancia y el respeto frente a los divorciados, los homosexuales y las mujeres que han tenido que abortar. Ha ampliado la mirada del Vaticano hacia temas espinosos de la actualidad como el cambio climático y las migraciones masivas. El ser argentino nos hace sentirlo más cerca que cualquiera de sus antecesores.

Pero lo de Santos y Uribe le salió mal y espero que al menos le haya servido al Papa para entender que el problema no es entre dos personas, sino entre dos proyectos de país: uno que propende por la inclusión y unas reformas mínimas y otro arranchado en mantener y profundizar el estatus quo. Dos proyectos opuestos e incompatibles. ¿Cuál de los dos terminará imponiéndose? Eso depende en parte de la Iglesia Católica colombiana, cuya historia está intrínsecamente ligada con la guerra, desde sus orígenes.

Las homilías de Monseñor Builes, y de muchos prelados más, instigaron y atizaron La Violencia, raíz de nuestro conflicto actual. Luego la jerarquía eclesiástica bendijo la impunidad, el olvido y la exclusión del Frente Nacional. En los sesenta, estalló la rebelión de la ideología de la liberación, prueba de que al menos una parte de la Iglesia sí tomaba en serio eso de la opción preferencial por los pobres y que llevó a curas como Camilo Torres a tomar las armas por la revolución.

Con los años, la Iglesia fue evolucionando. Mientras en los ochenta lanzaba fuertes críticas desde los editoriales de El Catolicismo en contra del proceso de paz de Betancur, para mediados de los noventa la Conferencia Episcopal, el órgano máximo de la Iglesia colombiana, asumió un importante liderazgo a favor de la paz, en particular con la creación de la Comisión de Conciliación Nacional.

Pero ahora, cuando más la necesitábamos, el papel de la Iglesia ha sido francamente lamentable. La decisión de la Conferencia Episcopal de optar por el  “voto en consciencia” al plebiscito fue lavarse las manos, como cualquier Pilatos, en uno de los momentos más cruciales de nuestra historia. Ante el repliegue institucional y ausencia de liderazgo moral, el anulado procurador Ordóñez llenó el vacío, tomándose la vocería de los católicos bien apostólicos, haciendo campaña por el No con el cuentazo de la ideología de género, detrás de los cristianos.

Eso no quiere decir que no existan figuras notables en la Iglesia: soy testigo de primera mano de la dedicación y compromiso por la paz de Monseñor Luis Augusto Castro; todos vimos como regañaron a Monseñor Darío Monsalve por expresarse sin tapujos por el Sí; no hay voz con mayor autoridad moral y más lucidez que la del Padre Francisco de Roux, S.J. Eso sí, el que más puso la cara fue el propio Papa Francisco, al condicionar su visita a Colombia al triunfo del Sí.

El papel de la Iglesia colombiana en esta coyuntura es fundamental, y pasa por tomar partido de manera clara y decidida a favor de la implementación de los acuerdos. Una invaluable contribución en materia de esclarecimiento de la verdad sería asumir su cuota de responsabilidad con los orígenes del conflicto. El Papa Francisco ha demostrado con mucha dignidad y altura que reconocer y pedir perdón por conductas inaceptables del pasado -como por ejemplo en los casos de pedofilia- es dolorosa institucionalmente, pero engrandece a la Iglesia y fortalece su coherencia.

Creo que los buenos oficios del Papa pueden ser más efectivos y provechosos para el país, poniendo su propia casa, la Iglesia Católica en Colombia, en orden y a favor de la paz. Ese milagro de pronto sí lo logra.


danielgarciapena@hotmail.com

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