Por: Esteban Carlos Mejía

Monsieur Carpentier o el Syndrome d’Honoré

Uno de los libros más delirantes que he leído (y releído) es un trabalenguas.

Parece ser una novela o un collage o un trompe l'oeil o una mamada de gallo de casi 500 páginas, repletas de inteligencia, humor y destreza lingüística. Hablo de Tres tristes tigres (1967), del cubanísimo Guillermo Cabrera Infante (1929 – 2005), Caín de Caínes.

Al promediar su lectura aparece una serie de pastiches sobre La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después –o antes. Un pastiche es “imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente”. Con simpatía (o cinismo), Caín imita las voces y el estilo de José Martí, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Pese a la crueldad de los hechos narrados, uno termina por reírse a las carcajadas.

El pastiche de Alejo Carpentier (1904 - 1980) se llama El ocaso y “debe leerse en el tiempo que dura la audición de Pavane por une infante défuncte, a 33 revoluciones por minuto”. Consta de 55 capítulos, pero al llegar al quinto, Caín, el insolente Caín, advierte: “Después de pasar revista y subsiguiente inventario a la habitación y todos sus enseres y pertenencias, Jacques Mornard muestra a Lev Davidovich Trotsky las ‘octavillas discipularias’, como dice Alejo Carpentier, y con el Maestro entretenido en la lectura, logra extraer la azuela asesina —no sin antes enumerar cada una de las individualidades anatómicas, sartoriales, idiosincráticas, personales y políticas del muerto grande, porque el magnicida (o el autor) padece lo que se conoce en preceptiva francesa como Syndrome d’Honoré”.

Este Honoré es Honoré de Balzac, el prodigioso literato del siglo XIX que escribió La comedia humana, conjunto de 137 novelas sobre la vida de la sociedad francesa de su época. Y su syndrome o síndrome se refiere a la vasta articulación de esas novelas, imperiosas, folletinescas, eruditas, largas o larguísimas, ansiosas de captar y reproducir con fidelidad lo que el gordo Balzac vivía, percibía, entendía, averiguaba o inventaba sobre sus congéneres, es decir, la tumultuosa especie humana.

Esta introducción es para elogiar, aunque sea muy brevemente, a Carpentier y su obra La consagración de la primavera (1978). ¿Novela? ¿Crónica? ¿Disparate habanero? ¿Autobiografía? ¿Todas las anteriores? Para mí, es la comprobación de que la ficción es un mundo paralelo, muchas veces más inabarcable, contundente y real que la misma realidad. ¿Me estaré volviendo esquizofrénico? En sus 576 páginas, narra la historia de buena parte del siglo XX, desde la revolución bolchevique en 1917 en Rusia hasta la Batalla de Playa Girón en 1961 en Cuba, a través de las vivencias de la exquisita Vera, bailarina rusa empeñada en montar el ballet de Igor Stravinsky que da título a la novela. Carpentier desborda un barroquismo envolvente: usa sinónimos y sinónimos de sinónimos, concibe metáforas y metáforas de metáforas en espirales de palabras necesarias y justas, esas que ciertos lectores cojos de hoy llaman con desprecio e ignorancia ‘palabras raras’. Una obra colosal, consagratoria, a pesar de las burlas de Caín, lector insaciable de Monsieur Carpentier. ¡Arriba los escritores con Syndrome d’Honoré!

Rabito: La literatura une; la política divide. Ahora, por favor, imaginen un emoji o emoticón de carita feliz.

 

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