Por: Armando Montenegro

Morir antes, morir después

La semana pasada, la atención de lectores, televidentes y radioyentes se concentró en la tragedia del Chapecoense: el abrupto final de un joven equipo de fútbol, la tristeza y frustración de hinchas, el quiebre de su promisoria participación en la final de un campeonato continental. Un accidente de aviación mató de golpe el sueño y la ilusión de decenas de miles de personas.

Poca atención, en cambio, recibieron los funerales de Fidel Castro, un pesado evento de masas uniformadas, relegado a un segundo plano en los periódicos y noticieros de todo el mundo, salvo, tal vez, por la divulgación de los nombres de los líderes que no asistieron (Putin, Obama, Hollande) y las escasas fotos de la previsible y coreografiada aflicción de sus compañeros de siempre: Ortega, Maduro, Correa y Evo Morales.

La tragedia de los muchachos brasileños hace pensar en la dolorosa frustración de una promesa de triunfo. Con el desteñido funeral del otoñal patriarca caribeño, en cambio, se revive la memoria de su lánguido y prolongado final. Inquietante y profundamente triste el primer tema, aburrido el segundo.

La muerte en la flor de la vida, una inesperada tragedia que corta una promisoria carrera, un accidente o una enfermedad que impide que se alcancen los sueños, han sido temas recurrentes de la literatura, motivos de reflexión durante siglos. La historia registra y lamenta las muertes tempranas de artistas, militares, guerreros y políticos. Y en nuestras vidas, lamentamos el vacío de familiares y amigos, personas que nos dejaron en lo mejor de su existencia, cuando más los necesitábamos, personas que nos han hecho pensar en lo que pudo haber sido y no fue.

No fue este el caso de Fidel Castro, una verdadera reliquia de la Guerra Fría de mediados del siglo anterior, cuya trayectoria política había concluido hace mucho tiempo, tanto que los grandes periódicos tenían listo su obituario desde comienzos de la década pasada, el mismo que se actualizaba únicamente con las novedades de su declinante salud. A diferencia del equipo de fútbol brasileño, murió tarde, mucho después de sus mejores días: la toma del Moncada; la entrada triunfal a La Habana; el desafío a los americanos; su inmenso poder personal, y el control total de la vida de su isla. Alcanzó a ver cómo se deshacían sus sueños de grandeza y fue testigo de primera mano del declive de su proyecto político; vio de cerca la pobreza de Cuba y, en contra de sus convicciones, tuvo que aceptar que se venía una inevitable y gradual apertura para cederle paso a la libertad y la democracia. A raíz de su muerte no se celebran sus éxitos lejanos ni se proyecta su legado hacia el futuro; se especula, más bien, sobre la inevitable declinación del régimen castrista, se presagia el final del gobierno de su hermano y se anticipan enormes dificultades con la administración de Donald Trump.

Los muchachos del equipo de fútbol no soportarán lo que sí soportó Fidel: las inevitables consecuencias del vivir, y del vivir una vida prolongada; las inevitables frustraciones, los sinsabores; la posibilidad de cometer errores; el necesario declive después del triunfo; las derrotas; la enfermedad; la soledad, y el olvido de las fugaces glorias de los mejores días. Es la diferencia, en síntesis, entre la muerte de la vida, por un lado, y la muerte de los muertos en vida, por el otro.

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