Por: Fernando Araújo Vélez

Muertos

Alguna vez le escuché decir a alguien que para comprender lo que hubiera ocurrido y tomar un decisión debía esperara a recoger los muertos que había dejado la tormenta.

Y yo esperé un día y dos, y una semana y meses, y las tormentas se multiplicaban y los muertos también. Había “muertos de mi felicidad”, como cantaba Silvio Rodríguez. Y muertos vivientes, que iban por la vida sin vivirla, y muertos muy muertos y enterrados que no habían dejado ni una carta para dejar testimonio de su existir, y muertos que sobrevivían a sus muertes en libros o artículos que habían escrito, o en películas o canciones, y muertos que eran más difíciles de matar que los vivos. Había muertos raquíticos apoyados en otros muertos igual de raquíticos, que caminaban a los tumbos, como lástimas entrelazadas, y por delante de ellos había muertos robustos que parecían inmortales. Iban erguidos, seguros, mirando a lo lejos, prodigando fuerzas y riéndose de aquellos que los habían calificado de egoístas. Esos muertos pensaban que el egoísmo era sano, que era fuerza, que era generosidad,  y habían vivido dispuestos a que los otros tomaran lo que quisieran de ellos, en lugar de regalárselos.

Había millones de muertos, “unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma”, como los moradores de Las acacias de Jorge Molina Cano. Iban y volvían, deambulaban, con máscaras de amor y felicidad compradas a crédito en tiendas de amor y felicidad, con amores y felicidades que les habían impuesto desde tiempos inmemoriales, y de tanto bombardeo nunca habían logrado saber qué sentían en realidad en sí mismos y por ellos mismos, y qué era inducido. Iban, amaban y habían amado según las normas del amor que comenzaron a patentar los románticos del Siglo XIX, esas normas de las que luego se apropiaron diversos tipos de mercaderes para crear el negocio del amor y cientos de miles de negocios del amor. Había otros millones de muertos que se disfrazaban de vivos y amorosos y solidarios para matar, de vivos para robarse el poder y desde ahí decidir el destino, el pensamiento, el sentir y el odiar de otros muertos, que nunca se dieron cuenta de que decían por ellos, pensaban por ellos y sentían por ellos.

Había muertos por todos lados. Tantos muertos, que por momentos creí que yo también era uno de ellos. Mataban y se mataban. Robaban y se robaban. Mentían y se mentían.

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