Por: Lisandro Duque Naranjo

Muhammad Ali

Mi gratitud al destino por haber sido un muchacho que salía de la adolescencia en el año de gracia de 1960.

La vida ya no me debe nada, y además, nunca le cobré, pues todavía me doy por saciado frente a acontecimientos y personajes que me abrumaron cuando tenía 16 años. Uno de ellos fue el triunfo de Cassius Clay, al coronarse campeón olímpico de los pesos pesados en los Olímpicos de Roma.

Desde la ciudad eterna, entonces, se levantó un viento de primicias espirituales después de las cuales el mundo no volvió a ser igual. Qué cuento de papás: un muchacho negro de 18 años, de Kentucky, un pueblo norteamericano apenas famoso por sus pollos fritos, se hizo verbo simplemente diciendo, con sus guantes en alto, “soy el más bello”, levantándoles la autoestima a todos los negros de la tierra.

Un espíritu de época, absolutamente alcahuete con todo lo que fuera libertario, convirtió en profeta a este jovencito que empezó a causarle más daño al establecimiento con sus palabras que con sus jabs. Quién sabe de qué forma misteriosa este pelado se conectó, tan temprano, con las hazañas que simultáneamente ocurrían por doquier y que le quitaban el sueño a los gamonales del planeta: El Congo, liderado por Patricio Lumumba, se quitaba de encima la opresión de Bélgica, un país bajo y sangriento. Adiós Rey Leopoldo. Ben Bella, en Argelia, le decía au revoir a la tiranía francesa. Fidel Castro, en Cuba, llevaba un año poniendo más agua de por medio entre su isla y la potencia más brava del mundo. Y hasta en Estados Unidos, un tímido J. F. Kennedy, con todo y su glamour, al menos clausuraba la cacería de brujas del macartismo contra los cineastas, y le daba oxígeno a un Tenessee Williams que remozó las películas con historias francas y escandalosas.

Todo empezó a salirse del clóset, el miedo se fue acabando, la autoridad ancestral empezó a ser desobedecida, pero aún hacía falta un símbolo individual que demostrara a trompada limpia que al enemigo era posible tumbarlo. De eso se ocupó Cassius Clay, ya en el 64, cuando le hizo tirar la toalla a Sony Liston. No era un blanco ese enemigo, nada es perfecto, pero sí un exconvicto, cuya historia personal resignaba su condición étnica a lo delincuencial, mientras que Clay era honorable, discursivo, guerrero. Y la única vez que tuvo pendientes con la justicia fue cuando se rehusó a ir a Vietnam, pues su conciencia le impedía ir tan lejos a matar gente que no le había hecho nada a él, y hacerlo a nombre de quienes también eran sus enemigos en su propio país. A mediados de esa década, Cassius Clay se cambió su nombre, “porque es de esclavo”, y se rebautizó Muhammad Ali. Provocó un remezón en la industria boxística y tecnológica, cuando su pelea con George Foreman, el 30 de octubre de 1974, pidió hacerla en Zaire, antiguo Congo Belga, volteando la mirada de millones de televidentes hacia el continente negro.

La vehemencia oral de Muhammad Ali hizo que Malcolm X, el líder de las panteras negras, lo buscara para su causa; que Nelson Mandela, desde su prisión en Sudáfrica, no se perdiera sus peleas, y que después, ya como presidente, lo invitara para agradecerle ser como era. La promulgación de los derechos para los negros en Estados Unidos, en el 64, mucho se inspiró en su iluminado discurso. Con su carisma, la comunidad afro norteamericana se despabiló provocando liderazgos inusitados como el de Ángela Davis y Nina Simone. También enriqueció la musa de Bob Dylan y Joan Baez, y en todas las vanguardias musicales sesenteras —los Rolling Stones, Los Beatles, etc.— se sienten sus puños. Ali fue el más…

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