Presidente Duque pide reactivar circular roja a jefes del Eln que están en Cuba

hace 4 horas
Por: Lorenzo Madrigal

“Murió Gabriel Turbay”

Tremenda, apabullante noticia.

Se ha conocido en las primeras horas de la mañana de hoy, lunes 17 de noviembre de 1947, por la proverbial agencia United Press. Estoy transportado a esa fecha luctuosa, no sólo por el interés que siempre me despertó esta gran figura de los años 40, sino porque la amabilidad de un amigo puso en mis manos, trémulas, créanme, un ejemplar auténtico de la fecha, en edición extraordinaria de la una de la tarde de ese día de noviembre.

La vida pasa, pero no se diga la muerte. Miren ustedes: un hombre de su importancia, cuya desaparición ocupa ocho columnas (ocho coles, decían entonces linotipistas y cajeros) de este ejemplar casi deshecho, que tengo en mis manos, ha permanecido sepultado en la desmemoria colectiva. Desapareció su inteligencia, su lucha de cuasi inmigrante, pues la clase política le discutía la nacionalidad, aquella su elegancia en el hotel Granada, la soledad de su vida y la del triste día de su derrota, el 5 de mayo de 1946 y el siguiente, tan dramáticamente descritos por el excelso narrador de historias que fue Abelardo Forero.

Jorge Eliécer Gaitán, su émulo y con él candidato presidencial en ese año 46, es, en cambio, felizmente recordado: estatuas en toda parte, un maravilloso busto en la calle 26 de Bogotá, el museo de su casa, ahora restaurado. Se ha abusado inclusive de su memoria, acercándolo a la ideología comunista (los muertos no se pueden defender), como lo hizo abusivamente Hugo Chávez y hasta comandos guerrilleros en Colombia utilizan su nombre para ejercer una violencia que no fue suya.

Mariano Ospina Pérez emuló con ambos y les ganó la Presidencia, pasando por el medio de la división del Partido Liberal. Ospina lideró la política muchos años más y su recuerdo está presente, aun para enconados enemigos políticos, mientras que a este Gabriel Turbay, quien parecía seguro continuador de la hegemonía liberal como sucesor de López Pumarejo, lo arrojaron al olvido.

La propia dinastía López lo arrinconó. Para el interregno, a la caída del Gobierno, la opción fue de él con Alberto Lleras, a quien el viejo López y el Congreso prefirieron. Para mí resultó más que extraño que en una publicación de Alfonso López hijo, alusiva a sus contemporáneos del siglo XX, el autor ignorara a este personaje relevante y el de mis recuerdos favoritos de niño, cuando yo seguía a mi modo la política.

En el tintero: Podría decir que me avejentaron no poco las menciones generosas, que hicieron amigas y amigos a mi reciente cumpleaños, pero en un reportaje de este diario se llegó al colmo de enfrascarme en un va-y-viene con Eduardo Santos. No, por Dios, ni con él, ni con Olaya ni con Bolívar alcancé a tener trato frecuente. Como sea, gracias, amigos, de nuevo, muchas gracias.

 

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