Por: Mauricio Botero Caicedo

Nairo Quintana y la globalización

Uno pensaría que nuestro ciclista insigne, Nairo Quintana, poco o nada tiene que ver con la globalización.

Nairo, un boyacense que en limpia competencia (como asume uno es la Vuelta a España) logró imponerse teniendo como contendores a los mejores corredores del mundo, tiene todo que ver con la globalización. ¿Qué hubiera pasado si a Nairo, en vez de ponerlo a competir a nivel mundial, lo hubiéramos protegido? Pues que Nairo se hubiera limitado a ganar “carreritas”, como la “Doble a Sogamoso” o la “Vuelta a Boyacá”. Es posible igualmente que Nairo llegara a ser campeón de la “Vuelta a Colombia”. Pero lo que llevó a Nairo a la cumbre del ciclismo, como lo señaló hace unas semanas en una excelente conferencia en el Rosario el profesor Xavier Sala i Martín, es el haber tenido la oportunidad de competir contra los mejores corredores del mundo.

En Colombia tenemos el potencial no sólo para sacar adelante deportistas de la talla de Nairo, de Catherine, de Mariana y de James. Tenemos también oportunidad de convertir empresas nacionales en competidores de calibre mundial. Y en eso consiste la globalización. Mientras que a nuestros deportistas los limitemos a las competencias locales, serán, como mucho, unos atletas más o menos aceptables. Y mientras que protejamos a nuestras empresas y a nuestros productos, y que sólo tengan que competir en el mercado local, a lo mucho serán unas empresillas más o menos presentables. Que sean jugadores de clase mundial —mientras que compitan exclusivamente en los estadios y mercados locales— es muy poco probable.

Y si bien es indispensable que nuestros Nairos compitan globalmente, lo que a nadie se le ocurre es que compitan contra atletas que se dopan, como sistemáticamente solía hacerlo Lance Armstrong y los atletas rusos. Si no existen reglas de juego transparentes, los tramposos siempre van a tener las de ganar. Por eso, además de controles extremos, se debe descalificar a aquellos que se dopan. En una “cancha nivelada” (level playing field) sí es posible adelantar competencias. Cuando se permite competir a los tramposos, no es posible ganar.

En el comercio internacional, el dopaje es omnipresente. Tiene otros nombres: subsidios, dumping y “barreras paraarancelarias”. Los países ricos como EE. UU. y Japón, y los “bloques económicos”, como la Unión Europea, son verdaderos expertos en “dopar” a sus empresas en detrimento de las empresas de los países en desarrollo. El caso de la agricultura no puede ser más diciente: según reciente informe del BID, mientras los gobiernos de los países de la OCDE entregan a sus agricultores un dólar por concepto de subsidios, sus similares de Latinoamérica reciben cuatro centavos. Como ejemplo concreto, EE. UU. subsidia a sus agricultores de maíz y soya, y, por ende, de subproductos como el etanol y el biodiésel, en una suma superior a los US$70.000 millones anuales. Algunos en el Gobierno colombiano pretenden que los productores nacionales de biocombustibles compitan en precio e igualdad de condiciones a los estadounidenses.

El libre comercio, donde varios miles de millones de personas a nivel global han logrado escapar a la pobreza, es indispensable para el crecimiento. Lo que toca hoy es luchar en contra del “dopaje” comercial, es decir, los subsidios, el dumping y las “barreras paraarancelarias” que los países poderosos colocan a su favor, y en detrimento de los países menos desarrollados. ¡Que los Nairos y las empresas compitan, pero que el Gobierno no pretenda y obligue a que se haga contra rivales dopados!

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