Por: José Fernando Isaza

Navidad II

A semejanza de los dioses menores, el Creador sentía celos de sus criaturas si estas querían alcanzar el conocimiento.

Es justo reconocer que a Adán y a Eva les fue mejor que a Prometeo, a quien Zeus encadenó y un águila le come eternamente el hígado que se regenera. Su pecado: recuperar el fuego, el conocimiento.

La puesta en escena se resume así: se crea el hombre y la mujer, Dios sabe que van a pecar, programa la venida de su hijo y con antelación hará explotar una estrella para que, como supernova, anuncie la llegada del Redentor que con su sacrificio perdonará a los nacidos de un pecado que estos no cometieron.

La estrella escogida estaba a 20 años luz de la tierra. Esta distancia garantizaba que el hermoso fenómeno celeste se viera deslumbrante en el firmamento. Era la estrella de Belén que anunciaba el nacimiento de su hijo unigénito y serviría de guía a quienes fueran a adorarlo.

Transcurrieron cientos de generaciones y hacia el año 2100 la tecnología en la Tierra permite enviar naves no tripuladas a planetas fuera de nuestro sistema solar. La ciencia ha aprendido a confinar algunos kilos de antimateria y hacerla reaccionar, controladamente, con la materia, permitiendo en esta forma construir las llamadas naves fotónicas que pueden alcanzar velocidades cercanas a la de la luz.

A instancias del director del Observatorio Vaticano, el sacerdote jesuita Francisco de Riov, se envía en el año 2103 una nave al planeta más alejado de la estrella que dio origen a la de Belén. La nave desciende suavemente y los robots empiezan a investigar la geología de ese planeta.

Grande fue la sorpresa, por la información enviada por los robots y recibida años después de la llegada de la nave al planeta, cuando se constata que hay vestigios de una civilización, que dejó miles de monumentos narrando su historia y el fatídico destino que les espera cuando el fuego de la explosión de su sol alcance su planeta. Cálculos preliminares estiman en 2.000 millones los seres que habitaban ese lejano mundo. Fue imposible ocultar los resultados de la misión espacial, muchos países habían participado en ella. Algunos fieles pensaban que el impacto para la fe en la Iglesia cristiana podía ser más demoledor que los manuscritos del mar Muerto, que narran la existencia de varios profetas contemporáneos del Redentor e indistinguibles de este.

Se discutieron múltiples explicaciones para el hecho de que el Creador hubiera escogido para anunciar el nacimiento de su hijo hacer estallar una estrella con un planeta habitado.

1) Los habitantes del planeta, a semejanza de los terrestres en la época de Noé, crecían en maldad y Dios se arrepintió de haberlos creado. En ese planeta, en vez de enviar agua envió fuego.

2) El creador alertó a una familia para que construyera una flotilla de naves espaciales y así preservar dicha civilización. La flotilla debió escapar de la furia de la estrella y buscar destino en otro sistemas estelar.

3) Fue el resultado de un descuido del Creador al escoger la estrella sin tener en cuenta la posibilidad de planetas habitados.

Como los hombres crean a los dioses a su imagen y semejanza, un error en miles de millones de estrellas es entendible.

La discusión terminó y se zanjó con la frase lapidaria, gritada en voz alta en el foro en que se analizaba la catástrofe cósmica.

“Dios sabe cómo hace sus cosas. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo?”.

 

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