Por: Santiago Villa

No ganó el No, sino el CASI

El apoyo más amplio a los acuerdos no se dará antes de su implementación; surgirá cuando el fin de las Farc ya sea un hecho.

Me opuse al acuerdo de paz con los paramilitares porque consideré que había un nivel deficiente de justicia, reparación y acceso a la verdad, y porque se le otorgaban demasiados beneficios a los responsables de crímenes de lesa humanidad y a narcotraficantes. Pensé que se le estaba entregando el país a los paramilitares. Si en su momento Álvaro Uribe hubiera sometido a plebiscito ese acuerdo, yo habría votado NO.

Aunque por fortuna no hubo un plebiscito, en el congreso el acuerdo con los paramilitares tuvo muchas modificaciones. Yo, no obstante, seguí inconforme. Con el paso de los años, aunque sobre todo luego de haber visitando las zonas de antigua influencia paramilitar y de haber hablado con varios ex paramilitares, concluí que, sumando y restando sus ventajas y desventajas, el proceso de Justicia y Paz fue positivo para Colombia.

Como lo demuestra la ola de asesinatos que se ha presentado este año a líderes de derechos humanos, y la proliferación de bandas criminales herederas del paramilitarismo, fue un proceso incompleto, pero también necesario para reducir la intensidad de la guerra.

El debate público que se dio en torno a Justicia y Paz fue muy importante para mejorarlo, y habría sido una tragedia si los opositores a la paz con los paramilitares, que teníamos muy buenas intenciones, hubiésemos frustrado la negociación y la implementación de los acuerdos pactados.

Por eso, aunque considero que su posición es equivocada, entiendo la frustración de los ciudadanos que se oponen a los acuerdos con las Farc. Más aun ahora, que se les creó la falsa expectativa de que el acuerdo se modificaría hasta dejarlos contentos. Hoy están más enfurecidos que antes, pues dicen que Santos se robó el plebiscito, o en palabras de Jaime Castro, que "nos mamó gallo".

A pesar de que el gobierno de Juan Manuel Santos modificó los acuerdos, el descontento hacia ellos sigue siendo mucho más amplio de lo que nosotros, los que apoyamos el SÍ, nos sentimos cómodos reconociendo. Me aventuro incluso a sugerir que, por haber abierto la posibilidad de la renegociación, ahora es más amplio el descontento. Si se volviera a hacer el plebiscito no me extrañaría que ganara de nuevo el NO, y quizás con más votos. Cuando regateamos el precio de un producto, no vamos a querer clausurar el tira y afloje si creemos que podemos lograr un mejor precio. Al contrario, preferiremos ponernos duros. Eso explica que el apoyo al nuevo acuerdo, por parte de quienes no creían en el anterior, siga siendo débil.

Colombia vive un paradójico proceso. Entre más se alarga la deliberación en la esfera pública, los acuerdos ganan más legitimidad democrática, pero pierden más apoyo popular. Esto porque, insisto, se fortalece la idea de que el acuerdo está abierto a ser modificado. La frustración con cualquier acuerdo actual será mayor entre más alta sea la creencia por parte del público de que los cambios son posibles. En otras palabras, existe una correlación directa entre la idea de que se puede modificar el acuerdo y la insatisfacción con cualquier acuerdo actual. Por eso, aunque los nuevos acuerdos son mejores que los anteriores, apostaría dinero a que entre el pueblo hay ahora menos satisfacción que antes con ellos.

Este es el principal motivo por el que fue tan irresponsable por parte de Juan Manuel Santos abrir un plebiscito en torno a los acuerdos. Él nunca consideró seriamente que el NO podía ganar, y por eso creó una situación electoral deshonesta: en la práctica es imposible satisfacer cabalmente las expectativas del NO sin llevar al límite, y quebrar sin remedio, la estabilidad del proceso de paz. Pero Santos no podía echar el proceso de paz por la borda si ganaba el NO. Por eso el NO ha sido, por principio y por fortuna, un NO a medias. En la práctica, un CASI.

Se podrá decir lo que se quiera sobre las modificaciones al acuerdo, pero sin volver a hacer otro plebiscito, y que gane el SÍ, es falaz afirmar que las expectativas del NO se cumplieron, incluso si se recogieron sus preocupaciones. La verdad es que al electorado no se le tendrá en cuenta para la segunda refrendación; y el problema es que esa refrendación no se puede hacer, porque de haber otro plebiscito lo más probable es que vuelva a ganar el NO.

El embrollo es titánico.

¿Cómo salir de este círculo vicioso? La mejor solución para la estabilidad política de Colombia, y para llegar al fin de la guerra, es amarga (o como veremos, es de "uvas amargas"). Es, también, éticamente problemática, porque le quita al electorado la libertad de refrendar los acuerdos, después de haber dicho que el pueblo tendría esa opción. Al final no la tuvo del todo; CASI la tuvo. 

La que se está haciendo no es una decisión ligera, y es necesario reconocer en toda su magnitud la maniobra de evadir la refrendación popular de los acuerdos, por el bien superior de darle fin a la guerra. Hay que clausurar la deliberación e implementar los acuerdos que tenemos. Esto es lo que Santos hará presentándolos al congreso, pues como tiene las mayorías aseguradas, en la práctica esta decisión equivale a cerrar la discusión.

El tiempo se encargará de conciliar las frustraciones de los abanderados menos radicales del NO, una vez estas se estrellen contra las limitaciones de la nueva realidad política. Algunos seguirán inconformes, pero los indecisos, y quienes votaron NO pensando que se podían renegociar indefinidamente los acuerdos, preferirán un acuerdo imperfecto (pero real y efectivo), a la situación anterior de guerra, e incluso a un acuerdo perfecto pero ya irrealizable.

"Uvas amargas" es el término que el filósofo Jon Elster acuñó para referirse a este proceso de adaptar las preferencias cuando se pierde la libertad. Inspirado en una fábula de Esopo en la que un zorro, tras intentar alcanzar unas uvas que estaban muy altas, concluye que de todas formas no las quiere porque están muy verdes, Elster analiza las situaciones en las que las preferencias cambian irracionalmente para ajustarse a impedimentos en las opciones posibles.

Cuando se elimina la mejor opción (el acuerdo deseado) del set de opciones posibles (siendo estas hoy para el NO: el acuerdo deseado, el acuerdo actual o la guerra), para limitar la frustración y la disonancia cognitiva, se invertirán las preferencias, y llegará a preferirse el acuerdo actual sobre un acuerdo deseado, pero que ya resulta imposible lograr. La reanudación de la guerra será, entonces, la opción menos deseada.

Este camino, sin embargo, generará resentimientos políticos difíciles de solucionar. Inconformidades similares a las que todavía tienen los opositores al proceso de Justicia y Paz: los que todavía consideran que era preferible no haber implementado los acuerdos que negoció Uribe. Dichos resentimientos serán una de las banderas de la inminente campaña presidencial de Alejandro Ordóñez, y del candidato del Centro Democrático, si es que Ordóñez y Uribe no hacen un frente común de ultraderecha con muy altas posibilidades de triunfo. Por eso las elecciones del 2018 serán, en la práctica, un segundo plebiscito apócrifo a los acuerdos de paz con las Farc.


Twitter: @santiagovillach

 

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