Por: Esteban Carlos Mejía

No hay mar que por miel no venga

Se supone que los columnistas no tenemos vacaciones. Debemos escribir y escribir y escribir, más o menos como enfermos de libido imperandi. No puentes, no Semana Santa, no fiestas de fin de año. Esclavos del teclado, opinando y opinando y opinando sobre cuanta pendejada se nos ocurra.

Los demás mortales llenan los aeropuertos y las terminales de transporte y los hoteles y los campamentos de los parques naturales, y uno, nada, triste, solitario y final ante la pantalla del computador, aguantando insultos en los foros y en Twitter. “¿Y este triple &%#$#$%& qué se habrá creído? ¿De dónde salió este rufián de esquina? ¿Hasta cuándo El Espectador, el periódico de don Guillermo Cano y don Gabriel García Márquez, tendrá en sus páginas a subnormales como este seudo semi cuasi escribidor?”.

Y la vaina es peor si uno solo escribe sobre literatura y política. ¡El acabóse!, como claman los poetas. Si te burlas de Maduro por sus millones y millonas de neuronas, ¡ay, dioses! “Paraco tal por cual, pitityanqui, enemigo de la paz y el socialismo del siglo 21, burgués”. Si uno, dizque en busca (¡en aras!) del equilibrio, critica a Uribe, capataz del Ubérrimo y mayordomo de la Hecatombe, ¡ay, dioses! “Guerrillero, enmermelado, castroobamapapachavista, terrorista”. La columna podrá tener miles de shares en las redes sociales, pero los insultos serán el doble o el triple. Colombia es un país desmesurado en (casi) todo. No hay tutía: te maltratan porque sí y te garrotean porque no.

Con las columnas de literatura, el asunto empeora. O mejora. Los agravios se reducen sustancialmente: dos o tres intelectuales (o intelectualoides, quién quita) que te arrinconan y te denigran porque no has leído lo que ellos leen. A veces, me pongo sentimental y hablo de mi amiga Isabel Barragán, inteligente, hermosa y muy sexy. ¡Ay, dioses! Las feministas me crucifican porque, de vez en cuando, con disimulo, le miro sus bellísimas tetas: “machista, sátiro, asqueroso, miserable, ¡heterosexual!”. Hombres y muchachos celosos me acusan de campeón del autoerotismo: “masturbino, impotente, anoréxico, bulímico, maricón, cómase a esa vieja y deje de hablar pendejadas sobre novelas del 9 de abril o cuentos siniestros de ancianos perversos como Rubem Fonseca, ¿por qué no te callas, cabrón?”.

No voy a exagerar y decir que mi vida de columnista es infernal. Sería un desagradecido. Los opinadores somos privilegiados en este país de infamias. Sin querer queriendo, hemos aprendido a sobreaguar y hasta a nadar en la “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman. Fingimos que nos duelen el Brexit, el No del Plebiscito y el triunfo de Donald Trump, pero pedimos “el beneficio de la duda”. Nos escandalizamos por la persecución contra las mujeres, pero cuando Víctor Gaviria hace una película veraz y doliente sobre esa violencia, ¡ay, dioses!, al tipo le caen a palazos por su independencia espiritual y su coraje artístico. Lloramos a lágrima viva dizque por la libertad de expresión, pero cuando una universidad elitista echa a una profesora elitista que nos indispone con sus escandolas, ¡ay, dioses!, “la expresión de la libertad tiene sus límites, etcétera”. Sin ofender, los columnistas somos tan hipócritas como nuestros lectores. Tan falsos y tan volubles y tan ignorantes y tan presumidos y tan iracundos y tan indolentes como los lectores que ahora, en la comodidad de sus reposeras en la playa o de sus hamacas frente al mar o en la invulnerabilidad del aire acondicionado, se alegran, ¡hipócritas!, de que los columnistas no tengan vacaciones, esclavos de la pajarilla y la habladera de m… Gracias. No cambien. Sigan así.

 

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