Por: Mauricio Rubio

No más piropos, no más sermones

En Timbío, Cauca, quedó prohibido echar piropos. La loable iniciativa debería complementarse pidiéndole el mismo silencio respetuoso a las feministas.

Ante una conducta que incomoda, es apenas razonable pedir que cese, sin elucubraciones. Es la esencia de la campaña, que las mujeres “levanten la mano para decir ¡No me gusta que me digan esas cosas!”. Al acusar apresuradamente, algunos reclamos también ofenden: afirmar que la intención es siempre agredir o adueñarse de un objeto sexual es una imprecisión que no aporta un ápice a disuadir la conducta. Si alguien se cuela en una fila basta señalarle que la respete, sobra recordarle antepasados ventajosos. Contra el grafiti, asimilar los autores a comunistas que expropian espacios urbanos sería pésima estrategia.

El piropo genera acaloradas discusiones que reflejan un claro conflicto de intereses. Mi posición dio un giro de 180º tras un debate en La Silla Vacía. Fui defensor acérrimo de una costumbre que me dejó un noviazgo y amistades perdurables. Por su tufo clasista, critiqué la cruzada de universitarias y ejecutivas contra los guaches. Un testimonio contundente me hizo cambiar de opinión. Desde entonces, mi argumento contra los piropos es utilitarista: lo que ellas pierden por oírlos parece superior a lo que ellos ganan echándolos. Desconozco qué proporción de mujeres los detestan, pero no son todas: a algunas les gustan. Esto complica el diagnóstico e irrita fundamentalistas, pero no puede ignorarse.

Si una campaña se contamina con mitología, o francas tonterías, perderá fuerza. “No hay mujeres bonitas o mujeres feas”, sentencia una partidaria tan voluntarista como hipócrita del decreto en Timbío. Borra de un plumazo la importancia de la belleza femenina, desconoce esa obsesión humana, la moda, el maquillaje e infinidad de sectores y personas que se dedican a mantener la figura y la juventud. Basta leer la columna de una académica -“Las mujeres queremos poder caminar tranquilas, no es mucho pedir”- para constatar que el título engaña y lo que pretende la autora es sermonear, echar línea, pontificar sobre cómo debemos pensar. La sexualidad, advierte, “debe producir placer para todas las partes involucradas y eso sólo ocurre cuando media el consentimiento”. En esa sexología ficción nadie lo pide, ni insiste, ni ruega, ni se adelanta: el flechazo es simultáneo, y las relaciones están perpetua y milimétricamente coordinadas. Es un equivalente de lo que las feministas llaman “mansplaining”, el tic masculino de explicarles todo a las colegas de trabajo como a menores de edad. Pretender que un cuento de hadas igualitario servirá para civilizar patanes refleja ingenuidad y maternalismo ideológico.

Para erradicar el piropo sin entenderlo, en la torre de marfil se recurre a las mismas consignas que dizque explican todos los ataques contra las mujeres, confundiendo prioridades, gravedad de las ofensas e infractores. Antes de enfrentar el hostigamiento verbal, las autoridades de Timbío establecieron prioridades y fortalecieron la atención a mujeres víctimas de la violencia. En nuestras universidades, líderes en reflexión sobre asuntos de género, se intensifican las campañas contra cualquier expresión del machismo mientras las violaciones siguen impunes porque las estudiantes no denuncian a sus compañeros. La mescolanza de incidentes y el irrespeto por la precisión del lenguaje no ayudan a sancionar, ni a prevenir. “El primer acto violento que se comete contra la mujer es vestirla de rosadito cuando nace”, proclama una tuitera. Sólo esos estándares de valoración del daño conducen a que un “psst, ¡qué negros tienes los ojos!” se asimile a una agresión.

Los avances en la situación de la mujer llevan años, y es evidente que falta progresar, sobre todo en democratizarlos, como se busca en Timbío. La obsesión por la minucia de feministas privilegiadas refleja rendimientos decrecientes, negativos, de su activismo: “engrandecen lo masculino, se burlan y estereotipan lo femenino. Nos enseñan, nos corrigen, nos aburren”. No perciben la viga en el ojo propio, e insultan sin agüero.

Por diferencias en el cableado cerebral, reforzadas culturalmente, la empatía sexual entre mujeres y hombres sencillamente no funciona. Ignorando esa realidad, se sugieren intervenciones inspiradas en algo como “yo jamás haría eso, entonces nadie debe hacerlo”. En la otra orilla, la queja es simétrica: “¿cómo puede molestarles mi flirteo?”. Ante ese impasse, sería fatídico que los hombres ventiláramos nuestras especulaciones sobre la aversión de las militantes al piropo. Es más cordial y procedente limitar la discusión a la aceptación o rechazo de la conducta, sin arandelas que la enreden. Y la política a disuadir, como en Timbío, no a prohibir.

Tras su célebre “¿por qué no te callas?” a Hugo Chávez, el rey Juan Carlos no siguió con una retahíla sobre los venezolanos que siempre hablan sin parar. Se habría ganado, bien merecida, idéntica amonestación. Para corregir una molestia no hace falta machacar un discurso tóxico e inconducente. Conviene silenciar los piropos, pero también los sermones que agobian e incordian.

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