No nos digamos mentiras

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He comenzado a escribir la columna de esta semana tres o cuatro veces sobre temas distintos al que ha estado revoloteando de medio en medio toda la semana: los toros.

Toros de lidia, toros de corraleja, toros de coleo y, además, gallos de pelea, y me ha resultado imposible. Vuelvo pues a llover sobre mojado. La Corte Constitucional ha estado embrollada en la discusión sobre cuál derecho debe prevalecer sobre el otro: el respeto a la vida animal o el respeto de la cultura popular.

Desde las ciudades grandes, que han perdido toda relación con el campo y con su modo de vida, la carne de res es una hamburguesa y la hamburguesa viene en plástico importada de EE. UU. Sospecho que mucha gente ni sabe que para comérsela hay que matar vacas, toros, terneros. Y casi nadie sabe cómo matan esos animales en los mataderos. Pasa lo mismo con los pollos, con los cerdos y chanchitos, con los pescados y las langostas. Esa distancia de la vida rural hace extravagante que haya aficionados a las corridas de toros, a las corralejas, al coleo, a las riñas de gallos. Porque para la mayoría de la gente que vive en las grandes ciudades, todo animal es una mascota y las mascotas son humanas. O casi humanas; a algunas, dicen, “sólo les falta hablar”. La mascota se ha convertido en un ser que tiene el derecho a ser tratado como otro ser humano, o mejor: tienen seguros de salud, de vida, peluquerías, guarderías, hoteles, profesores de buenos modales y psicólogos. Sólo falta que a algún perro le recen como a un santo. Nadie se opone a esos mercados.

Pero esos amores de seres solitarios y tristes a las mascotas no pueden prevalecer sobre el derecho de ver a los animales con otra mirada. Es también un derecho, que además tiene una tradición y un arraigo cultural como lo tienen las corridas de toros, los gallos, el coleo. Baste que se salga unos kilómetros de los apartamentos y de los conjuntos cerrados para ver la fuerza que tiene el coleo en los Llanos orientales; la riña de gallos en Bolívar, Caldas, Tolima; o las corridas en Santander, Boyacá, Cundinamarca. Sería interesante acompañar a Benedetti a hacer campaña política a Montes de María con la bandera de la prohibición de los gallos; o a Galán en Yopal, Aguazul o San Martín defendiendo la liquidación del coleo. Votos en Bogotá contra las corridas hay, y muchos. Son mayoría. Como podrían ser mayoría los que en la provincia consideran el homosexualismo una enfermedad. Esas mayorías no tienen el derecho a aplastar a las minorías. Colombia es un país de países y esos países deben –y necesitan– convivir.

Desde otro punto de vista la discusión sobre arte o tortura de los animales, tan demagógicamente planteada por los animalistas, llega a la cocina. Para los animalistas es tortura y asesinato si la muerte o el maltrato se hace en público, porque en privado es una necesidad. Matar un toro con una espada es un delito, pero machacarle la cabeza a un ternero con un martillo eléctrico y degollarlo es legítimo. Matar una gallina sumergiéndola en agua hirviente es normal porque en el asadero no se sabe ni se ve el aleteo. Ahí no sufre el animal y, además, se hace en mataderos donde nadie ve. De esa contradicción no pueden zafarse. Ahí el tema de tortura y arte queda sin fundamento. Quizás el secreto que esconde esta contradicción sea el hecho de que se quiera negar la muerte como un hecho patente.

Las corridas de toros son una metáfora viva sobre la vida y la muerte; la riña de gallos es otra metáfora sobre las sangrientas rivalidades de la vida cotidiana: el pez grande se come al chico, los centros comerciales acaban con las tiendas. Esas duras formas de la vida no se pueden ocultar prohibiendo lo que las pone a la vista como lo hacen el arte y la ciencia.

Por último, eso de que los animalistas fueron infiltrados por turbas violentas el domingo pasado es una falacia: Todos los que escribimos sobre toros recibimos de ellos el mismo trato: “Como quedaría de lindo Molano colgado de las pelotas… Y a los de El Espectador, para qué decir nada, si el papá Guillermo Cano era igual de sádico y para que vea le tocó una muerte violenta como las que disfrutaba en un toro, para que vea, siempre existe la justicia divina (sic)”. Opiniones. El Espectador, 7 de enero de 2017

 

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