Por: Fernando Araújo Vélez

No quiero que me quieras

Ella comenzó a quererlo, o imaginó que comenzaba a quererlo, el día que le dijo No quiero que me quieras. Lo imaginó entonces en su desnudez, imperfecto y desnudo de apariencias y de intereses. Él, ni la comprendió, ni entendió que desde ese día empezaría a desprenderse de sus cargas.

Cargaba con el peso del querer como obligación e imposición que le habían legado durante años y siglos. El querer para ser bueno, el querer a los demás, el querer a la madre y al padre, a los hermanos y los hijos, al vecino y a la señora que ni siquiera conocía. El querer a los unos y a los otros como se lo habían mandado, sin siquiera preguntarse qué era querer. El querer para salvarse, para que dios y los dioses y los demás lo bendijeran. El querer para lograr la recompensa de llegar al paraíso. El querer para ser querido. El querer que le habían transmitido la televisión y las revistas y los diarios, el cine y miles de miles de canciones, el querer que, como le dijo ella alguna vez, les convenía a los dueños del mundo, a los fabricantes y defensores del sistema, y lo había transformado en un títere que creía querer.

Su querer y su quererla eran un conjunto de estereotipos al que alguna vez llamó amor. Un regalo para el día de su cumpleaños, otro para Navidad, pasar algunos fines de semana en una playa, llevarle una sorpresa todos los primeros martes de cada mes, besarla y acariciarla como decían las revistas que debía hacerlo y repetirle que la quería en las mañanas. Fue una de aquellas tantas mañanas que sumaron dos años cuando ella le dijo con un grito asfixiado No quiero que me quieras. Habría querido gritarle, pero él había sido un hombre perfecto, como aquellos que le habían dicho que debía conseguirse. Se lo habían ido dibujando casi desde su nacimiento, y ella aprehendió ese dibujo, aferrada a la tabla de valores que le habían inculcado y convencida de que un hombre así, sólo un hombre así, la haría feliz. Ella aprehendió ese dibujo, y se atragantó con él y con todas las letras que lo rodeaban, porque durante muchos años había sido una mujer de catálogo. Inmersa en su vida de catálogo, una noche de hastío empezó a preguntarse por la perfección.

Tomás era perfecto, concluyó, para luego comprender que esa perfección era su cruz y lo que le impedía gritarle que se largara o largarse ella. Tomás era la perfección que ella empezaba a odiar cada vez más, por la perfección en sí, por ella, tan imperfecta, por sus demonios, y más que nada, pensó y pensaría luego, porque la perfección era invencible. Tomás era invencible. No le podía reclamar nada concreto, y mirarlo era mirarse en un espejo que la desfiguraba. Él, puntual, impecable, entregado, inteligente, cariñoso y etcétera. Ella, distraída, tardía, variable, dramática, inconsciente, dejando sus libros botados por todos lados, y emborronando libreticas con mamarrachos que ni ella entendía. Él, educado, formal, cumplido y sonriente, siempre sonriente. Ella, caprichosa, contemplativa a veces, y a menudo a punto de llorar, como cuando le dijo No quiero que me quieras, quiero que seas tú, sin arandelas. Tú, sin imposiciones ni herencias. Tú, sin complacencias ni códigos. Tú, sin tips para amar y desamar. Tú, queriendo u odiando, pero tú.

 

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