Por: María Antonieta Solórzano

No soy mi opinión, ni mi razón

Dado que nuestra estructura biológica es insuficiente para percibir la realidad “tal y como es”, no tenemos más remedio que asignarles significado a nuestras experiencias, estamos conminados a interpretar lo que nos ocurre, a formarnos opiniones para poder actuar.

Al imaginar que dichas interpretaciones son imágenes “fotográficas” del mundo externo, también suponemos que son la verdad, y es que atrevernos a aceptar la validez de la máxima socrática: “Sólo sé que nada sé”, y dudar de la objetividad de nuestras opiniones y saberes requiere un coraje espiritual.

En nuestra cultura, debatir opiniones o tener razón significa que “ganamos el dominio sobre el otro”. Aunque este triunfo sea momentáneo y el asunto sea irrelevante, el ego se crece, el orgullo experimentado en esta interacción impide el desarrollo de la intimidad y de la solidaridad.

Lo usual es que en cualquier grupo humano y en cualquier momento se organice el consabido juego de: “Tengo la razón, luego gané, aunque el mundo pierda”. Así, por ejemplo, en una pareja alguien dice: “Te van a engañar otra vez. Tengo razón. Aunque sufras no puedes seguir siendo confiada”. En una junta directiva se afirma: “Tengo la razón. Nos hace falta agua para producir más, desviemos el cauce del río”. En una junta de alto gobierno se declara: “Tengo razón. Nos atacaron, es una ofensa nacional que no podemos admitir, hagamos una guerra”.

Increíble, pero cada vez que creemos que tenemos razón, nos autorizamos para decidir el destino de los demás, tanto en el ámbito de lo íntimo como en el de lo público.

Sin embargo, la lista de las verdades que la humanidad ha defendido hasta la muerte y que han probado ser falsas es larga: ni el sol gira alrededor de la tierra, ni los seres humanos existen para dominar la tierra, ni hay razas inferiores, ni nuestro sistema político garantiza la justicia social, ni la mujeres carecen de cerebro, ni los hombres son tan racionales, ni tenemos la posibilidad de ser objetivos.

Lo único posible es asumir responsablemente que, como actuamos desde la incertidumbre, lo que creemos verdad es sólo una perspectiva: la propia. Ojalá que esta sea útil a los demás, para que entonces les aporte y puedan hacer de una relación un espacio de crecimiento, de una familia el terreno de la autonomía o de un país un sitio de progreso.

Y si no lo es, ojalá nos demos cuenta y entonces tengamos el valor y la integridad para reconocer el error, corregir el rumbo y afirmar: “Tengo derecho a cambiar. No soy ni mi opinión, ni mi razón, ni mi error. Soy mi esencia que busca caminos para la solidaridad”.

 

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