Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Nos estamos rajando

Si dijera que lamento ser obsesivo a más no poder estaría mintiendo descaradamente. Así que invoco como justificación para volver, ¡una vez más!, al tema del plebiscito, el carácter trascendental que tiene para todos nosotros. Esta es una pelea que no podemos perder. Punto.

Pero es altamente perdible. Rodolfo Arango dijo en una columna que, “pese a las advertencias de Francisco Gutiérrez”, “creía” que el plebiscito iba a ganarse de manera “abrumadora”. Pues no. De hecho, la primera medición en firme que se hace pública sobre el tema da una ventaja amplísima al no. Para usar el lenguaje entusiasta de Rodolfo, “abrumadora”. Eso sí, con una tercera parte de los encuestados declarándose indecisos.

No quiero usar un tono desapacible, pero en esta coyuntura no basta con creer; se necesita también saber y entender. Por desgracia, hay muchas fuentes de falsa confianza que están haciendo de la campaña por el sí un espectáculo amateur al que duele contemplar. Primero, los políticos profesionales, que saben muy bien cómo conseguir un voto pero cuya experiencia en plebiscitos es escasa o nula, creen que pueden ganar esto con sus viejas rutinas. El Gobierno parece atrapado por dos pulsiones: por un lado, un afán irreflexivo que nos empuja a una campaña cortísima, que castiga brutalmente a los partidarios del sí, y por el otro una incomprensión fundamental del uribismo y de la naturaleza de su oposición a la paz. Una parte sustancial de la izquierda sigue enquistada en su práctica tradicional de convencer al convencido. Los publicistas del sí siguen mandándonos abrazos genéricos de reconciliación, que no agreden a nadie pero tampoco convencen a nadie. Y varios líderes se están ya repartiendo el botín del triunfo, sin que éste esté garantizado. De hecho, si la elección fuera hoy la paz sería derrotada.

¿O no? Las mediciones del Opinómetro de El Tiempo tienen varios límites. Quizás una mejor muestra arroje un resultado distinto. Pero una experiencia ya mucho más larga de lo que quisiera en el análisis de estas cosas me ha convencido de un postulado simple: desconfíe de las encuestas, pero no pelee con ellas. Léalas con cuidado, entienda qué le dicen. Y arme sus apuestas, hasta la próxima encuesta. Más aún, el sondeo del Opinómetro sólo corrobora indicios que uno puede encontrar en otras partes, y sobre los que he venido advirtiendo.

Mientras tanto, el uribismo ha anunciado que adelantará su lucha contra la paz en nombre de la no participación de criminales en la política. Esto va directamente contra la evidencia: el uribismo ha sido la principal fuerza promotora de la criminalización abierta de la política colombiana. Es de Uribe la sentina de la parapolítica. Es de Uribe el llamado a los parapolíticos a votar por él mientras no estuvieran en la cárcel. Es de Uribe la lucha incesante a favor de la impunidad de los suyos, cuyo más reciente pero no último episodio es el descarado encubrimiento de Pretelt por parte de José Obdulio Gaviria. Pero detrás de toda esta sinvergüencería hay un problema genuino, sobre el que es absolutamente clave hablar: ¿cuál es la diferencia entre este proceso y la desmovilización paramilitar? ¿En qué son distintos el acuerdo de La Habana y Ralito? Pues la demanda de Uribe es que los estándares del acuerdo con las Farc sean los mismos que los de la desmovilización paramilitar. ¿Está o no en lo cierto el caudillo paisa? ¿Y si no, por qué? Yo estoy convencido de que este acuerdo es a la vez mucho más importante y fundamentalmente diferente del que logró el desmonte parcial del paramilitarismo. Pero el asunto –pragmático y también programático— es que los partidarios de la paz no pueden seguir ignorando preguntas como estas.

Todavía estamos a tiempo para empezar a jugar bien esta partida que no se puede perder.

 

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