Por: Cristo García Tapia

Nuestro río de la corrupción

Aguas arriba, aguas abajo, la corrupción fluye a torrentes por el legendario y promisorio río Magdalena, el río más largo y contaminado de la patria.

Va y viene, literalmente a velocidad de crucero. Nada la detiene. Nadie se inmuta de cuanto se lleva y arrastra en su sinuoso, incontenible andar.

A su paso, las fuerzas subterráneas de su impetuosa corriente descuajan de raíz  los  más gruesos caudales del presupuesto público; de las rentas de la nación, de los préstamos a la banca multilateral para drenar su curso, para encauzar sus rumbos torcidos.

Para direccionar su desembocadura tortuosa hacia las dársenas y deltas multiplicados de la geografía pública. De los bienes, presupuestos, rentas públicos.

Hacia los bolsillos con afluentes en ministerios, departamentos, municipios, institutos, superintendencias, de una clase gobernante, política, dirigente, corrupta y venal. Podrida hasta el cerebro como cloacas del río que son.

Y todos, mancomunados en una empresa común y con el mismo y criminal fin: apropiarse lo público para su beneficio y usufructo particular.

En un gobierno sucesivo, fractal. En una clase política sucesiva, fractal. En una clase dirigente, empresarial, proclive al arte de la piratería, al asalto de las goletas y embarcaciones fletadas con los cofres y recaudos del tesoro nacional, a cuyo arbitrio deben sus ganancias  permanentes y crecientes.

Una estructura que prepara y adiestra sus capitanes y contramaestres en la función pública, en los comandos de puestos claves del Estado, para garantizar y asegurar el efectivo y nunca puesto en vilo resultado de sus tomas y asaltos a la indefensa flota de lo público.

Es de  memorar que las flotas conformadas por unos y otros para sus empresas de asalto a los presupuestos públicos en mares, ríos y afluentes, tienen siempre nombres asociados con la naturaleza de su botín.

Y siempre, cuando menos, un oficial de alta graduación, ministro, viceministro, en la nave comando del Estado, el cual es el responsable de garantizar a los armadores el abordaje y buen suceso de la operación de asalto.

Dragacol tuvo el suyo y fue tan exitoso, que aún sus armadores lo mantienen en el comando de la misma nave que sirvió de nodriza para aquella audaz operación sobre las aguas muníficas del río de la patria.

Y de los canales, diques y deltas, que lo llevan al anchuroso y siempre hambriento océano de las ganancias sin contraprestación con cargo a las arcas públicas.

Desde el puente de mando del buque insignia del tesoro, aquel avieso capitán de navío curtido en las artes de la marinería de asalto, avizora horizontes despejados y vientos propicios para zarpes de mayor envergadura.

Y de nuevo, surcando las podridas aguas del río más rico e inagotable en recurso monetarios del mundo aparece Madelena, una cañonera fluvial de bandera brasilera y segundos de a bordo criollos.

Sin experiencia en la aparente “construcción de dragado o alternativas de dragado del canal navegable del río Magdalena”, pero sí curtida en los menesteres del soborno, la corrupción y las artes del pillaje.

Como que su mayor armador, un tal Odebretch, fue condenado a 19 años de cárcel en su país por corrupción, y en Estados Unidos su flota filibustera multada con 4500 millones de dólares por sobornos y prácticas contrarias a la ética, de los cuales mostró ante el Departamento de Justicia que solo “era capaz de pagar 2600 millones”.

Si el contrato suscrito con CORMAGDALENA – Nación, totaliza 2. 2 billones de pesos, 740 millones de dólares aproximadamente, quiere decir que una cuota parte de ese importe, dinero de todos los colombianos, lo destinará Odebretch a pagar la multa impuesta por Estados Unidos, la cual ya se repartió entre los afectados de la siguiente manera: Estados Unidos recibió el 10% de ese valor, Suiza otro 10%, el 80% restante corresponde a Brasil, sede de la constructora de los canales, diques y dragados de la corrupción y sobornos en Colombia.

Para eso Dios los cría y el rio Magdalena, nuestro río ecuménico, los junta: para el pillaje y el asalto a las rentas de la nación, a los presupuestos públicos, a los dineros de los colombianos: una sociedad de políticos y contratistas colombianos son sus segundos de a bordo.

Pero como en este país no hay Justicia, ni Departamento de Justicia, ni Fiscalía, ni Defensores del Patrimonio, Rentas y Presupuestos Públicos, un día de estos, que ya debe estar por llegar, Odebretch levará anclas y desde el mar abierto de los tribunales de arbitramento de la corrupción y el soborno enfilará sus navíos de línea contra Colombia y ganará la batalla de los diques, dragados y recuperación de un río, el río de la patria, nuestro río de la corrupción, sin siquiera otearlo más allá de su desembocadura en Bocas de Ceniza.

Y no son los dedos los que nos están metiendo en la boca. No. Son las manos criminales, muchas, selectas e intocables, de la corrupción las que nos están metiendo en los bolsillos de todos los colombianos.

Pregunto: ¿Alguien ha leído en los periódicos, revistas, comentado en columnas, oído en la televisión y la radio, visto en las redes sociales, la noticia de la multa impuesta por el Departamento de Justicia de Estados Unidos a Odebrtetch?

Poeta
@CristoGarciaTap

 

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