Por: Carlos Granés

Nuevos malestares de la cultura

Me levanto a escribir este artículo con la noticia de que Donald Trump, un personaje que se convirtió en figura pública gracias a un reality show, es el nuevo presidente de Estados Unidos.

No creo que haya prueba más visible de que el presente está siendo moldeado por el consumo masivo de bienes y servicios culturales novedosos, que abren caminos alternativos para la celebridad y el poder. Me refiero a los realities, pero no sólo a ellos. A esa lista de nuevos fenómenos dudosos, que fascinan y repelen y que surgen como subproductos sin pergaminos intelectuales, añadiría la pornografía, la autoayuda y las redes sociales.

Así como los realities han coronado su primer presidente, el arte y la protesta social han recurrido a la pornografía como arma disruptiva, y hoy en día las estrellas porno son personajes mediáticos, incluso voces críticas que denuncian vicios sociales —la hipocresía, por ejemplo— y demuestran que la exhibición abierta de una personalidad arrolladora, que no le teme al pudor ni a la reprobación social, puede ser el camino a la fama y, por tanto, a la respetabilidad. Hoy la fama significa clics, likes, visitas, curvas ascendentes en las estadísticas, y por lo tanto no hay ningún famoso censurable.

En cuanto a la autoayuda, ya no se trata sólo de un fenómeno editorial multimillonario que justifica, con sus primorosas fórmulas para la felicidad, esa única visita anual de tantos a las librerías, sino un formato al que cada vez son más proclives las TED talks y las conferencias universitarias basadas en experiencias personales de éxito.

A esto se suman las redes sociales, que se han convertido en el reverso de la prensa seria y del trabajo intelectual. Si en estos se privilegia la responsabilidad y la contención, en aquellas la gracia reside en dejarse ir, en ser virulento y crear impacto con insultos y opiniones desquiciadas. Las redes tienen muchas virtudes y utilidades, pero también son un canal oscuro, sin filtros, en el que se manifiesta eso que somos pero que en beneficio de la convivencia solíamos controlar. Son pornográficas, cuando revelan la intimidad; tiene algo de reality, cuando documentan la vida; y ofician como barata autoayuda cuando reafirman y edulcoran con likes una existencia que se sabe simple y banal.

La civilización y la cultura habían sido hasta hace poco sinónimo de dos cosas. Sacrificio y control de las pulsiones, en especial de las sexuales y agresivas, para facilitar la convivencia, por uno; y depuración paulatina y esforzada de una virtud o de un talento, por otro. Los nuevos productos culturales rompen por completo con esta lógica. Twitter permite el desfogue de la ira con la misma eficacia con la que el porno aplaca la excitación sexual; la autoayuda ofrece atajos milagrosos para cambiar la vida, esa gran fantasía romántica, y los realities legitiman la autenticidad vulgar de quien dice y hace lo que le sale de las tripas. Lo soez, rasgo humano donde los haya, siempre ha estado ahí, pero no contaba con canales culturales para manifestarse de forma tan directa. No debe extrañar que quienes usan con soltura estos productos y canales ganen celebridad y poder. Tal vez el populismo actual no sea un fenómeno de la incultura, sino de los nuevos malestares de nuestra cultura.

 

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