Por: Juan Carlos Gómez

Olímpicos: negocios y honor

A principios de los años 70 nuestro amadísimo Cochise Rodríguez era la estrella del ciclismo mundial. Campeón panamericano, tenía la marca orbital de la hora y en 1971 había logrado el campeonato mundial de los 4.000 metros persecución individual. Todo prometía que sería medallista en los Juegos Olímpicos de Múnich 72.

No sucedió. En esos años los participantes en las olimpiadas tenían que ser amateurs “puros” y no podían recibir patrocinio comercial. La aparición de Cochise en un aviso publicitario lo dejó por fuera de la gloria olímpica. Eso causó un profundo dolor nacional, como el que se siente cuando se pierde un pedazo de mar.

A partir de los años 80, tal vez coincidiendo con el derrumbe de la Unión Soviética y la ola neoliberal de Reagan y la Thatcher, los Juegos Olímpicos les abrieron sus puertas a los deportistas profesionales, lo cual les dio un mayor nivel a las competencias sin quitarle el sentido del honor que anima a los verdaderos atletas, esa búsqueda de la gloria, como en la antigua Grecia.

Por eso es imperdonable que los señoritos mejores golfistas del mundo (Spieth, Day, McIlroy, Johnson, Scott), con derecho propio para asistir a Río 2016, no hayan querido ir a representar a sus países, que por el zika, que por la inseguridad. Como bien se los dijo el periodista Joe Ponansky de la NBC, perdieron la oportunidad de ser parte de la Historia –con mayúscula–.

Es cierto que los Juegos Olímpicos no son de la humanidad sino del Comité Olímpico Internacional, una máquina de hacer dinero cuyos ingresos provenientes de Río 2016 pueden alcanzar los US$8.500 millones. Pero este mundo está lejos de ser perfecto y por más críticas que se le hagan al evento, ahí están los mejores y más dignos atletas del mundo y es lo más cercano a una fiesta universal de la que disfrutan con fervor casi 4.000 millones de personas por televisión con más de 5.000 horas de cubrimiento.

El llanto de cada uno de los medallistas colombianos en Río bañó de honor los rostros de nuestros héroes y heroínas, tan diferentes a figuritas tipo Neymar o Ronaldo, tan ricos, tan fatuos.

 

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