Por: Juan Carlos Botero

Oso en Oslo

Como decimos en Colombia: sentí pena ajena. Cuando una periodista le preguntó al presidente Santos si su premio Nobel había sido comprado, entendí que habíamos tocado fondo.

El más profundo de la bajeza humana. La sola duda, articulada con veneno por los fanáticos uribistas, refleja la envidia, la malicia, el odio y el pozo tan oscuro de sus almas. Y para eso no hay antídoto que valga.

Porque una cosa es la ignorancia fruto del desconocimiento, y otra es la ignorancia fruto del prejuicio. La primera refleja falta de cultura y de educación, pero la segunda refleja ruindad y odio que enceguece. Claro: una es mejor que otra. Porque la primera puede desaparecer con instrucción y lecturas, pero la segunda no desaparece con nada. Quien está dispuesto a creer disparates debido a sus prejuicios, no hay libro, ni argumento ni tesis que le pueda cambiar de opinión. Se alimenta de odio y de tinieblas, y eso no lo aparta ninguna idea y ninguna luz.

Ésta es sólo la más reciente de las infamias concebidas por el uribismo. El expresidente, apoyado en su popularidad, ha convencido a gran parte del país de temores que él sabe que son falsos, pero que le sirven políticamente. Así lo reconoció el director de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, cuando admitió que la campaña había mentido a conciencia para asustar a la gente y llevarla a rechazar el plebiscito de la paz. Como Trump en EE. UU., Uribe sabe que si dice mentiras éstas quedan flotando en el ambiente, se repiten en las redes sociales, empiezan a crecer como espuma, y pronto se vuelven teorías que la gente se cree. Para entonces esas mentiras ya son “verdades”. Y Uribe, como Trump, sabe que las puede decir impunemente.

Unas de sus mentiras más perniciosas es que Santos es comunista (cuando ni siquiera es de centro izquierda sino de centro derecha) y que desea llevar a Colombia al castrochavismo. Hoy millones realmente creen que Santos tiene una agenda secreta para llevar al país al comunismo. Pero esta nueva mentira es más ofensiva y delirante, y el uribismo la ha repetido durante meses: que Santos compró el premio Nobel de la paz. Daría risa si no fuera tan lunática la frase. Porque quien piensa así es alguien tan ignorante (o ciego por su odio y prejuicios) que realmente cree que el Nobel es algo que está para la venta. Y ni siquiera se cuestiona que, de ser así, ¿cómo no lo sabe todo el mundo, cómo no lo filtra Wikileaks, y por qué no lo compran siempre los más poderosos y ricos? Rusia, por ejemplo. Pero claro, aquí no hay argumento que sirva. Porque incluso con todas las pruebas en contra, el fanático siempre creerá sus locuras, viviendo en el universo alternativo en donde habitan todos los creyentes de la conspiraciones secretas.

Por algo la academia sueca goza de un prestigio total. Porque aunque no siempre todo el mundo comparte su opinión sobre los ganadores, nadie jamás ha cuestionado la legitimidad de sus decisiones. Hasta ahora. Y esto, más que cualquier otra cosa, refleja la miseria intelectual de nuestro país. Porque se necesitaba que un colombiano defensor de la paz se ganara el premio para que alguien pensara algo así. Y se necesitaba que otro colombiano, un defensor de la guerra muerto de la envidia, se atreviera a murmurar esa infamia. Con razón este país no avanza sino a tropiezos.

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