Por: Mauricio Rubio

Otra mujer no feminista

El feminismo debería preocuparse por su incapacidad para convencer a una mujer sensible a la discriminación, buena comunicadora, pragmática y divertida como Virginia Mayer.

Al periodismo capitalino, poco audaz, Virginia le aportó irreverencia. Sus temas son disonantes y políticamente incorrectos, como dejó claro el manifiesto “Yo no soy feminista”. Allí expone razones que ilustran las dificultades para llegarle masivamente a las damnificadas del machismo, que deberían apoyar el movimiento sin titubeos, pero misteriosamente no lo hacen.

Todos conocemos mujeres que niegan ser feministas. Las encuestas disponibles en Colombia, muestran un apoyo femenino al feminismo que da grima. Virginia no es atípica, todo lo contrario: representa un segmento mayoritario pero silenciado de la población. La base de su escepticismo la endosarían muchas mujeres: “yo abogo por los derechos de los seres humanos, no hago división”. Le agradece mucho al feminismo “pero al de la vieja escuela, al original”. Ahora la irrita la alcahuetería, esa omertá que silencia los conflictos entre mujeres y tapa sus errores, como cuando le pidieron no criticar los contratos de la Fiscalía con Natalia Springer por tratarse de una mujer. “¿Solidaridad de género? Me vomito”. Tampoco soporta “la desinformación que el feminismo se ha encargado de propagar”, y la indigna que traten de “embutirla” en el rebaño: después de traducir un libro en equipo, cuando la autora preguntó si todas eran feministas, dos de ellas respondieron que sí pero Virginia se negaba a aceptarlo. “Las odié a todas y reafirmé el hecho de que no soy feminista”.

No dejarse encasillar desafía la nueva tendencia que resumió Malala Yousafzai en una frase destacada por Ms Magazine como hito del 2015: “todas deberíamos ser feministas porque feminismo es otro término para igualdad”. Si no importan los métodos para alcanzar los fines, una afirmación tan vacua podría blanquear cualquier utopía igualitaria: anarquismo, comunismo, socialismo siglo XXI, hasta rebelión fariana. Refleja el propósito de pasteurizar y esconder la militancia radical, que existió, subsiste y, con logros decrecientes, ha legado confrontación, amargura, autocomplacencia, y escasas seguidoras. Los dogmas sobre el origen de las desigualdades, la manera conflictiva de enfrentarlas, tiranas del calibre de Gayle Rubin, influyente ideóloga de género, no se borrran de un plumazo. La renovada faceta amigable, light y supuestamente universal del feminismo muestra el afán por ampliar el auditorio más allá del ámbito académico y elitista. Paradójicamente, el ícono son las actrices y ejecutivas mejor pagas del planeta que, pobrecitas, ya no soportan la discriminación salarial y mediática.

A pesar del nuevo empaque, y la influencia gringa, feministas y marxistas tienen mucho en común. Por algo hubo acuerdo sobre equidad de género con las FARC. Beben de las mismas fuentes ideológicas; magnifican el poder y la necesidad de gasto estatales; en cuanto pueden, se incrustan en la burocracia oenegera o pública; ignoran la responsabilidad individual, se sienten víctimas, moralmente superiores; se obsesionan por el mundo ideal e ignoran el real, no tienen sentido del humor y creen que su escasa popularidad es problema de otros. Para evadir críticas, las feministas recurren a un truco de la izquierda radical hace años: cualquier objeción la despachaban con algo como “actualícese compañero, lo que usted anota fue un problema del maoísmo línea camboyana tardía”; nunca aceptaban un error, no dialogaban, siempre tenían la razón. Virginia no es mamerta y es lógico que evite un entorno que puede ser  engreído y quisquilloso.

La adhesión automática de todas las mujeres al movimiento la complementó recientemente una discusión fundamental sobre si la otra mitad de la humanidad puede ser feminista. La respuesta fue negativa: los hombres cis –nacidos así, no trans- sólo calificamos para solidarios. Tendríamos un chance, pero con riguroso examen de admisión, y un  certificado de no ser “macho progre” camuflado de aliado. El trascendental debate incluyó entrevistas a diez afortunados varones admitidos al club, varios de los cuales, qué casualidad, son gais.

Quién sabe cómo tramitarán las feministas el desaire de Virginia Mayer. La ignorarán, o la reprenderán con displicencia porque le faltan lecturas, y no sabe lo que le conviene. Tal vez la invitarán a un taller para recordarle la ubicuidad del patriarcado, reiterándole que en el fondo, como mujer, ella necesariamente es feminista, una virtud innata que tarde o temprano se manifiesta; harán piruetas mentales pero jamás aceptarán que esas inquietudes ameritan ser debatidas porque las comparten innumerables mujeres que tampoco se sienten representadas por ninguno de los feminismos. Ojalá en algún momento Virginia se anime a contar por qué no es activista LGBT.

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