Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿País de héroes?

Qué mitad de mes lleno de acontecimientos. Ayer solamente le dieron el Nobel al presidente; ya hoy casi nadie habla del tema.

La repugnante exhibición de pequeñez del grueso del liderazgo del Centro Democrático ante él también quedó casi sin glosar. Como la práctica de esos mismos líderes de propalar abiertas falsedades, verbigracia el cuento ridículo de que el Nobel fue “comprado” (obviamente, RCN le trató de dar credibilidad, ¿pero alguien podría dudar de que lo haría?). Más aun, promovieron mensajes con un terrible potencial violento en las redes sociales. Pobres diablos muertos de envidia. Rafael Uribe parece que recibirá su castigo; su sociopatía refleja claramente males específicos de nuestra sociedad (como lo plantea la columna de Mauricio Rubio en este diario). La familia de Yuliana hizo un entierro sentido, sobrio, enormemente digno, en su comunidad de origen. La Corte Constitucional aprobó la vía rápida para el articulado de paz, y las Farc ya dieron los pasos para construir su partido político, a la vez expulsando a disidentes que pretendían seguir en el negocio de la guerra. Viviane Morales impulsó con éxito su plebiscito homófobo y discriminatorio. El Polo...

Evidentemente, en Colombia pasan demasiadas cosas. No hay memoria a corto plazo que pueda procesarlas bien. Creo que la paz contribuirá seriamente también a moderar este mal no tan menor. Pero la crisis de abundancia me lleva más bien a plantear un tema oblicuo, pero que tampoco considero irrelevante: el del heroísmo. La virtud del heroísmo, obviamente de origen militar, se ha convertido en un referente fundamental del discurso público en Colombia. La exaltó el presidente Santos en su oración (que no me gustó para nada) de aceptación del Nobel. La atribuyen los medios de comunicación a víctimas de accidentes fatales (los jugadores del club Chapecoense fueron típicamente ungidos como héroes) o de las guerrillas, a deportistas destacados, a quienes han sufrido mucho, y a quienes han dejado de sufrir.

No siempre, pero sí con frecuencia, el uso que se hace del apelativo heroico es incorrecto. Héroe no es alguien a quien le haya pasado algo terrible. Lo mismo puede decirse sobre su carácter discriminatorio. A veces los héroes colombianos son auténticos, pero con demasiada frecuencia “no son todos los que están ni están todos los que son”. Las madres de Soacha, que evidentemente tienen muchas virtudes de héroe, jamás han sido calificadas como tales en los medios.

Pero mi crítica va más allá: la exaltación de la virtud del heroísmo no puede volverse tan indiscriminada, porque envenena, embota la reflexión crítica y disminuye otras virtudes básicas (la decencia, la empatía, la solidaridad, la meticulosidad, el trabajo duro) que son mucho más importantes en la vida civil que el coraje. Al héroe no se le critica. Se le hacen estatuas. El héroe gana batallas, no tiene que convencer. De hecho, ponerle el marbete de héroe a mucha gente trivializa también a esta virtud.

No se crea que parto de un supuesto anti-militarista primitivo. El soldado que en cumplimiento del deber perdió una pierna, ¿no merece nuestra exaltación y no ha manifestado características genuinamente heroicas? Claro. Pero una sociedad civilizada y viable no se puede construir sobre el heroísmo. Víctor Klemperer —uno de los pocos judíos que sobrevivió al régimen hitleriano viviendo en Alemania y que escribió extraordinariamente sobre su experiencia— dijo en su libro sobre la crítica al lenguaje nazi: “Es imposible tener una relación realmente honesta con la esencia de la humanidad, de la cultura y de la democracia, si se es capaz de tener tales reflexiones [exaltadas] sobre el heroísmo...sin haber reflexionado”.

Subrayado, en negrita y en mayúsculas: no estoy sugiriendo que en Colombia estemos llenos de nazis. Sí, en cambio, que el entusiasmo irreflexivo por lo heroico mina y corrompe el espíritu democrático.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín