Por: Patricia Lara Salive

Para los amigos del no a la paz

Al comenzar este nuevo año de la paz, y para que sean sentidas por todos, especialmente por los senadores Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal, Alfredo Rangel, el procurador Alejandro Ordóñez y los demás que, con el argumento de que no se puede pagar un costo tan alto por la paz, se oponen a los acuerdos entre el Gobierno y las Farc, transcribo algunas descripciones que de la opción que ellos quieren elegir —la de la guerra— hace la nueva Nobel de Literatura, Svetlana Alexievic, en uno de sus libros, La guerra no tiene rostro de mujer, una colección magistral de recuerdos recogidos por esa periodista bielorrusa entre cientos de mujeres que hicieron parte del millón que combatieron defendiendo a su país en las filas del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial:

“—¿Por qué te vas a la guerra?— me preguntó.

—Quería vengar la muerte de papá.

—Tu padre no habría soportado verte con un fusil.

—Cuando era pequeña, mi padre me peinaba. Me ponía lazos en el pelo. La ropa bonita le gustaba más que a mi madre”.

“En la escuela nos enseñaban a amar la muerte. Escribíamos redacciones sobre cuánto nos gustaría dar la vida por… Era nuestro sueño”.

“La guerra son los entierros”.

“Daba pena aunque fueran nazis… Ese sentimiento tardó en desaparecer: no quería matar, ¿lo comprende? (…) Matar con tus propias manos produce miedo. No hay otra palabra… Mucho miedo”.

“Era horroroso… Es inhumano… Las personas de machacan, hincan las bayonetas, se estrangulan unos a otros. Se rompen los huesos. Aullidos, gritos. Gemidos. Y ese crujido… ¡Ese crujido! No se olvida. El crujido de los huesos… Se oye cómo cruje el cráneo. Cómo se parte… Hasta para la guerra es demasiado, no hay nada humano en ello. No creeré a nadie que diga que no ha sentido miedo en la guerra”.

“Qué miedo pasas en un combate cuerpo a cuerpo(…) ¿Le parece que alguien que no ha estado allí puede entenderlo?”.

“Por suerte… Yo no veía a la gente que mataba… Pero… Da lo mismo…Ahora se que yo mataba igual”.

“No importa si es justo a no. Pero matar es repugnante”.

“Nadie dispara sin que haya odio en su interior”.

“Se dice que en la guerra te conviertes en mitad humano, mitad animal… Totalmente cierto… No hay otra forma de sobrevivir. Si te limitas a ser humano no hay salvación”.

“Matar es más difícil que morir”.

“No encontré a mi hermana, me pareció reconocer un trocito de su vestido, me pareció que era suyo… Mi abuelo me dijo: «Nos lo llevamos, así tendremos algo para enterrar». Y pusimos en el ataúd aquel trocito de tela”.

“Me gustaría olvidar (...) Me gustaría vivir al menos un día sin guerra. Sin nuestra memoria… Al menos un día así”.

“¿Usted cree que perdonar es fácil? (…) Necesité que pasaran décadas enteras”.

“Ya no eran enemigos, eran personas, tan solo dos hombres malheridos en la misma habitación. Entre ellos surgió una relación humana. Tuve oportunidad de observar en más de una ocasión que eso ocurría muy rápido”.

“Después de haber aprendido a odiar, ahora tenían que aprender a amar”.

“Yo cada vez sentía más asombro ante esa falta de confianza hacia lo sencillo y lo humano, este deseo de sustituir la vida por ideales. El simple calor por el resplandor del frío”.

“¿Cómo podía alguien reírse, cómo se atrevían a estar alegres mientras vivíamos esta guerra?”.

“Cada vez la guerra nos gusta menos, nos cuesta más justificarla. Para nosotros ya es el asesinato, nada más. Al menos para mí lo es”.

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