Por: Diana Castro Benetti

Paremos de sufrir

Pareciera que el sufrimiento recorre cada célula de la propia encarnación.

Eso dicen los que sufren y los que no han parado de sufrir. Las explicaciones abundan. Los dogmas se renuevan para atajar las incertidumbres. Las verdades se construyen en piedra. Nos debatimos entre una búsqueda de felicidad casi utópica y un sufrimiento que parece real. Nada nuevo desde la cueva donde nos inventamos el fuego. Somos los sentidos que buscan sus placeres y los cuerpos que se sumergen en dolores. Se sufre, bien porque es la vía al paraíso o bien porque es un mandato local. A veces, por simple ignorancia. Recordar el dolor es un hábito y una adicción.

El cuerpo reclama descanso, atención, se queja, se arruga y muere. Duele. También duelen otras cosas como los recuerdos, lo nunca logrado, el fracaso. Duelen el abandono, el atropello, la exclusión. El dolor se magnifica con la memoria o se reinventa con la imaginación. El dolor se niega; duele lo que nos es arrebatado. El sufrimiento llega temprano y se va tarde. Se llora a mares. Se culpa en exceso. Se sangra en la oscuridad para espantar la desilusión. También se perpetúa, se mira de reojo y se convierte en estigma. Se enseña y se repite sin medir consecuencias, se reproduce con la locura, la venganza o el odio. El sufrimiento, dicen, purga y da paso para vernos libres e inocentes. El sufrimiento está en los límites.

Justo o no, el sufrimiento pareciera inevitable, como si el camino de espinas fuera santidad. Sufrimientos enconados en cada quien como guiones de telenovelas. Y es que parar de sufrir tiene su truco. Parar de sufrir implica dejar de lado el espanto y el horror de quien cree que el designio divino lo obliga, o implica enterrar por siempre los prejuicios que lo aprisionan. Parar de sufrir es mirarse desde otro ángulo, parar de sufrir es darse oportunidades. Parar de sufrir es saber que somos más que la pequeñez. Parar de sufrir es observar lo que sucede para comprender.

Y la receta es simple cuando se acepta la alegría como rectora del instante y la presencia. Parar de sufrir es entregarse al espacio de la quietud interna, es dejar que el silencio hable, es recuperar la soledad cuando el tumulto agobia. Es darse el permiso de celebrar el aire y honrar el agua. Es como rendirse a la comunión con lo magnífico. Parar de sufrir es aceptar un infinito tan grande como pequeño, es reconocer que la razón nunca puede explicarlo todo. Parar de sufrir es darse cuenta de que la vida es el camino que se recorre desde la cabeza al corazón. Pero, más que eso, parar de sufrir es también un acto político que convoca el arte de caminar juntos. Parar de sufrir es la ventana de oportunidad que tiene una sociedad cuando dice ¡basta ya!

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