Por: Ana María Cano Posada

Pasar el muro

De qué estamos hechos está a prueba ante la posibilidad de romper la historia patria regida por el inmovilismo. Nunca antes estuvimos tan cerca de un acuerdo para reconocer como inútil la violencia.

Los cruzados del miedo y la retórica imponen la desconfianza para mantener un estado de cosas insostenible. De qué somos capaces está por verse.

Indolencia es imposibilidad de sentir dolor, incapacidad de conmoverse, anestesia que impide surgir ese atributo humano de la empatía: sentir lo que le pasa al otro como propio. Resiliencia es aptitud de adaptarse ante la adversidad y recuperarse luego de desaparecida la perturbación. De ambas condiciones está hecho un modo de ser con el que varias generaciones hemos sobrevivido en la resignación en medio de la inaguantable violencia cotidiana a la que estamos sometidos. La entropía de la sociedad colombiana se obstina en un comportamiento defensivo, marginado e incapaz de lograr transformaciones sociales. A este muro se enfrenta el momento crucial de la firma del acuerdo que por primera vez reconoce la guerra interna como inconducente.

El bloqueo que tiene que superar lo que sigue está formado por la insensibilidad y la indolencia junto con la inercia de arrastrar lo que ha sido igual durante 60 años sin intentar cambiarlo. Por primera vez encaramos la prueba de demostrar que nada es inmóvil a pesar de habernos acomodado a toda costa.

Oportuna serie la de El Espectador sobre la salud mental en Colombia publicada esta semana. Describe secuelas de la anormalidad en las relaciones, en las percepciones, los traumas del sometimiento a lo indeseable, la deshumanización de una sociedad indolente. Este retrato del ser colombiano está basado en la Encuesta Nacional de Salud Pública que en 2015 hicieron la Universidad Javeriana y el Ministerio de Salud, basada en una muestra de 350 personas en todo el país, con conclusiones que los periodistas exponen sobre cómo centrar la atención psicológica, legal y educativa en reparar daños para desactivar la violencia endémica.

Cuentan que en el Congreso de Psiquiatría 2015 Diana Matallana mostró una investigación sobre qué emociones reconocían los colombianos en los demás. Fue elocuente: la mayoría solo veía las expresiones de alegría o neutralidad pero eran incapaces de descubrir el miedo o el dolor. Con emociones sin discernir y sin poder expresarlas, son seres nulos para condolerse del otro.

Discreparán sobre si antes de atender el estado mental habrá que corregir los desequilibrios sociales que han alimentado este conflicto sin tregua. Pero la familiaridad con el malestar, la visión del otro como un impedimento, como alguien que sobra, son la raíz de la violencia e impiden transformarla. La familia es el lugar donde nace la malformación. La casa impone patrones deformadores: el abuso, el maltrato, el miedo y altera la percepción propia y la del otro. Casi la mitad de los niños colombianos entre siete y 11 años no viven con uno de sus papás biológicos y el 12,4 por ciento con ninguno de los dos. Y este es solo el comienzo del desbarajuste porque el abandono antecede al abuso: los hijos son objeto de venganza, de ambición, de ultraje.

Sobrepasar la desconfianza urdida por los que aprovechan esta ineptitud social para lograr aclimatar el entendimiento hasta ahora desconocido, determina lo que sigue. Repetir el dolor o elevar el cansancio a una fuerza para contrariar la inercia. Y la casa es el lugar de prueba para este incipiente intento de vivir distinto.

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