Por: Jaime Arocha

PaZcífico

“¡KILELE!”, contestó un coro de al menos 50.000 personas que agitaban pañuelos blancos en la unidad deportiva Alberto Galindo donde tenía lugar el Festival Petronio Álvarez de Música del Pacífico.

Era el responso a “todo el mundo está bailando, yo también lo sé bailar” con el cual Markitos Micolta, Alex Torres, Nidia Góngora y Clarisol Martínez hacían retumbar la atmósfera. La africanidad diáfana que emitían los cueros de bombos y cununos guió el diálogo con los violines jubilosos de la Sinfónica Nacional. A la derecha del director Paul Dury, la marimba de Hugo Candelario González personificaba a la selva guapireña y el clarinete de Constantino (Tino) Herrera, a las aguas del Atrato, aunque el mismo intérprete también se gozaba los platillos de las chirimías en honor a San Pacho o el guasá de las balsadas sobre el río Telembí por la virgen de Atocha. Los jurados de la vigésima segunda versión de esa gala por la música Afropacífica compartían el orgullo de que ese Tino —luego de devanarse los sesos evaluando ensambles de la calidad de los que habían concursado durante las dos noches anteriores— estuviera en escena protagonizando la fortaleza con la cual la música negra se imponía en el espacio clásico.

El maestro Constantino dirige la Orquesta Sinfónica Libre de Quibdó sobre el cimiento de 340 estudiantes cuya formación él comparte con especialistas en cuerdas, vientos, percusión y voz. Los educa siguiendo la pedagogía que aprendió de su padre, también músico y Constantino: que miren y oigan cómo se tocan los diversos instrumentos y los manejen libremente de modo que vayan experimentado la dicha de aprender a interpretarlos. De esa manera, pasarán a escoger el de sus preferencias para profundizar en su formación. Fundamentando la disciplina sobre el disfrute, el 21 de junio de 2015 llegó al Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo para presentar un concierto que combinó obras clásicas como La gran puerta de Kiev del ruso Modesto Músorgski con arrullos y alabaos del Chocó. Le pregunté por los indígenas que hacen parte del coro. Son 14, wounan desplazados del San Juan que hoy dan fe de la inclusión alcanzada. Cuando entraron, no sabían español y fue necesario reprender a los compañeros que cambiaban de puesto cuando esos “cholos” se hacían junto. La música ayudó a superar el trauma que habían sufrido, y la inteligencia de ellos contribuyó al bilingüismo que les permitió desempeñarse con soltura en uno de los grandes escenarios nacionales.

El maestro Carlos Calvache fue otro de los jurados de este Petronio para quien no es ajeno el que un instrumento musical evite que niños y niñas opten por las armas o que los saquen de ese mundo. Pronto completará 15 años a la cabeza de la banda sinfónica de Corinto, uno de los municipios más convulsionados del país. Como la mayoría de concursantes y participantes, Calvache pugna para que la música sea motor de paz. De ahí que mientras al país lo dominaba la intransigencia homofóbica, el Petronio era ejemplo de una tolerancia que —con alegría y ritmo— no se doblegaba al blanqueamiento.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

 

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