Por: Diana Castro Benetti

Pecado

Por fortuna, al pecado también le pasa el tiempo. Se enferma, envejece y muere. Hecho a la medida de cada cultura, condena lo que es inaceptable según los tiempos.

Pareciera que el pecado siempre está en los otros, en los bordes, en lo incomprensible, en el que piensa y hace distinto, en el que se sale de la norma pero, sobre todo, en el cuerpo. En todos los cuerpos; en cualquier cuerpo. El pecado ha sido mujer o excentricidad; crece en cada sentido, haciendo de los ojos el lugar donde se oculta la concupiscencia o de la lengua, el lugar donde anidan las guerras. Podemos nombrar los pecados de mayor a menor, o viceversa, y declarar impura toda arrebatadora cercanía. El pecado es feliz culpando al sueño erótico de la noche y justificar así, la matanza del día que le sigue.

Desde siglos atrás, vamos negando el cuerpo como lugar de sabiduría, como si la moral fuera inteligencia de las células. La carne ha sido vista como la materia misma del infierno, negándole toda dicha y alegría. Y ni hablar de la pureza que, según algunos, en el cuerpo no existe. Maldades hechas a punta de atizar el fuego de los deseos y los orgullos. El pecado fue original y se reprodujo. Punto.

Y así, vamos construyendo poco a poco el andamiaje de una mente ambigua, incoherente y de un cuerpo fragmentado que pide lo suyo. Y es que esa prístina sensación de ser que no se esconde de la desnudez, es motivo de condena, rechazo y persecución. Pero una cosa es la equivocación por la ignorancia –o la simple estupidez– y otra muy distinta, hacer del pecado el centro de una sociedad que no sale de su ceguera. Pecado en el hacer, pecado en el obrar, pecado en el pensar. Pecado, pecado, pecado. El pecado debería ser un concepto caduco para darle paso a la fuerza de una justicia social y el diálogo para escuchar.

Hoy, como si la dicotomía fuera la única salida, siguen sueltos los pensamientos arcaicos que obligan a ver la vida en blanco y negro, buenos y malos, luz y sombra, sacro y pagano, falso y verdadero. Mantener la mente dividida entre el bien y el mal; entre lo positivo y lo negativo, será siempre el truco de quien quiere la esclavitud de otros y de quien quiere demonizar lo que puede ser perdonado. Grandeza está en reconocer las equivocaciones y magnificencia en soñar en todos los tonos de grises. Ojalá algún día esa amorfa sensación de pecado acabe por morir de inanición. Comprender y no condenar, siempre será más valiente. Nacimos en la inocencia y ella es lo que seguimos siendo.

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2016-09-13T21:00:00-05:00

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