Por: Oscar Guardiola-Rivera

Pensar olímpico

Si existieran medallas de oro olímpicas para la investigación que contribuye a hacer del mundo un lugar menos inhóspito, el Instituto Pensar de la Universidad Javeriana ya habría obtenido varias.

El nombre de su director actual, Roberto Vidal López, se pronuncia en todos los foros internacionales académicos e institucionales en los cuales se discuten los temas que a Colombia y el mundo más interesan: migraciones, luchas por la tierra, progreso moral y político frente al oscurantismo, la corrupción, y los conflictos. En todos ellos se le considera un sinónimo de probidad, compromiso y sabiduría, a las que engrandece su alegría. Su nombre es oro.

En cualquier otro país, Roberto Vidal López ya habría sido ministro o magistrado, quienes lo gobiernan ya habrían apelado a su generosidad e independencia para disponer de su probidad, compromiso y sabiduría como de un regalo para avanzar en el logro de los fines comunes más apremiantes: la hospitalidad con aquellos a quienes la violencia ha desplazado, la lucha contra la corrupción y el oscurantismo, y la resolución de los conflictos. Ya le habrían dado la medalla de oro, la de plata y la de bronce.

Ese sería el caso si hubiésemos comprendido que un país es un esfuerzo común, que triunfa una vez aprendemos que no se trata de suprimir las diferencias con el fin de consolidar una posición única y un poderío exclusivo, sino antes bien, de enfrentar con tenacidad y esperanza el reto de una multiplicidad completamente nueva.

Lo que sucede en el deporte olímpico tiene lugar también en la vida social e intelectual: de una parte, los triunfos obedecen más a esfuerzos individuales que la sociedad reconoce de manera retrospectiva, si es que lo hace, y a los que poco o nada ha contribuido. De la otra, como observa el meme popularizado en estos días olímpicos, dichos triunfos confirman la paradoja de un país racista, clasista y patriarcal en el cual quienes obtienen el oro, la plata y el bronce en los foros internacionales son los negros, los pobres y las mujeres.

En contraste, junto a un admirable equipo Roberto Vidal López ha consolidado la interseccionalidad de cuatro ejes en el Instituto Pensar: el género, la relación entre sociedad e instituciones, la tierra y el ambiente, y las migraciones. Más aún, ha construido puentes entre la Colombia urbana que ve la guerra en la televisión, y la rural que sufre esa desdicha en sus casas. Una apuesta progresista y esperanzadora, que responde tanto a la tenacidad de quienes dieron origen al Instituto como a las necesidades del país con un sentido de futuro. Su logro es olímpico. Deberían darle el oro, la plata, y el bronce. Pero a la Colombia quemalibros y cazabrujas poco le conviene y nada interesa esa apuesta.

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