Por: Lisandro Duque Naranjo

Pepe Sánchez

A los 82 años, murió Pepe Sánchez el pasado 22 de diciembre.

No obstante ser esa una edad avanzada, este hombre nos dejó a todos los que lo admirábamos —entre quienes se cuentan millones de televidentes de varias generaciones que se gozaron su talento, sin saberlo, pues la dirección se hace desde atrás de la cámara— la sensación de que todavía le quedaba mucho por darnos, como si se tratara de un muerto joven. Y todo porque en sus últimos años seguía por la vida maquinando historias, descubriendo personajes, haciendo puestas en escena en el aire, solo que el medio al que le dio prestancia durante 50 años, la televisión, ya no estaba ahí. O se había vuelto un mazacote de vulgaridad al que su genio le estorbaba y frente al cual no claudicó, por simple alergia estética. El propio Pepe, hace pocos meses, pronunció una sentencia con la que clausuró sus expectativas de un regreso al set: “Nunca me imaginé que la televisión se iba a morir antes que yo”. Pero no se quedó cruzado de brazos, sino que se puso a la cabeza, junto a Mario Mitrotti, de una patota de veteranos de la eterna guerra audiovisual y fundaron Directores Audiovisuales Sociedad Colombiana (DASC), para pelear como se debe, al menos en este país —en el Congreso, contra el lobby de los canales garosos—, por los pagos pendientes de las regalías que se les adeudan a los creadores colombianos, especie de cesantías que se acumulan a su favor en varios países desde cuando el Aroma de café, la primera serie nacional —qué casualidad, hecha por Pepe—, les abrió las puertas del público internacional al resto de obras audiovisuales de esa época en adelante. Contra su voluntad, pues era un hombre recatado, esa iniciativa, que va viento en popa, fue bautizada como la Ley Pepe Sánchez. Ya cuando el nombre de uno se lo ponen a una ley, o a una avenida…

Pepe era un artista tocado por la gracia de aquella década libertaria de los años 60. Esa sustancia ideológica, ya puede decirse sin temor a delatarlo, lo hizo partícipe del primer documental hecho en Colombia sobre la gesta de Marquetalia, dirigido por el francés Bruno Muel, en el que se reveló el rostro, joven aún, y en pleno combate, de Manuel Marulanda. Fue en el 65, y a causa de esa intrepidez, Pepe debió exiliarse por varios años en Chile, donde formó parte de la tripulación que hizo un clásico fílmico latinoamericano, El chacal de Nahueltoro. El documentalista Carlos Álvarez, cuando ni se pensaba que Pepe tenía los días contados, logró entrevistarlo hace dos o tres meses. Contó todo, desprendido ya de cualquier cautela, virtudes de estas vísperas de una paz que a veces como que se nos embolata.

Nunca entendí por qué Pepe echaba tanto de menos el cine, si él se la pasaba haciéndolo en televisión. Como ésta le quedaba chiquita, y casi le parecía tan desechable como servilletas de papel, él, sin esforzarse, y a punta de frescura —nunca levantó la voz—, la construía como un origami y engastaba piezas memorables que se quedaron como clásicos a perpetuidad: La historia de Tita, San Antoñito y, sobre todo, Don Chinche, esa honorable serie de ciudadanos del pueblo, compendio de la oralidad y de la picaresca del barrio bogotano de los años 80, al que comenzaban a llegar rebuscadores de la vida del resto del país: el boyacense, el costeño, el opita…

Qué contraste el que marca un artista cuya obra televisiva es de película, y estos horrores criollos que se estrenan por diciembre en salas de cine, hágame el favor el descaro, que no son más que capítulos de Sábados felices.

Con razón eso no le daba la talla a Pepe. Que no sea el cine el que empiece a morirse después de él.

 

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